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 La Santísima Virgen en la vida de San Marcelino II

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MensajeTema: La Santísima Virgen en la vida de San Marcelino II   Jue Jul 24, 2008 8:59 am

Por otra parte, y para evitar el reproche de sentimentalismo, es preferible insistir en el lado positivo de la devoción: como un medio puesto a nuestro alcance para consolidar la relación que nos une a Dios que, a fin de cuentas, es la única meta de toda espiritualidad. Vista así, la devoción cobra un cariz de entrega; equivale a entregarse a algo o a alguien; salir de sí mismo y orientarse hacia Dios, única fuente de crecimiento de todas las criaturas. Cantar las glorias de María, dedicarle un amor platónico esperando pasivamente su ayuda, es algo sin duda excelente, pero aún es mejor vivir en intimidad con ella para acceder más fácilmente a la intimidad con su Hijo. En tercer lugar, el H. Juan Bautista describe la devoción desde fuera, mientras que este estudio intenta abordaría desde dentro, recurriendo a la psicología. Ahora bien, en este campo toda parcelación es teórica. Sería irreal querer separar la imitación de la devoción. Así pues, desde esta perspectiva, el desacuerdo estaría sólo en la forma de enfocar las cosas.

En ese mismo párrafo, el biógrafo indica lo que los Hermanos deben imitar, según el Fundador. Cita, ante todo y de manera global, las virtudes de María y luego concreta: El amor de los Hermanos hacia María los llevará a copiar su espíritu y a imitar su humildad, su modestia, su pureza y su amor por Jesucristo. Sin detenernos en el hecho de que "el espíritu" no es una virtud, ni en el orden en que coloca las virtudes, lo lógico sería empezar por el amor a Jesús, insistir en la humildad y terminar con el espíritu...

Dos razones motivan a los Hermanos para imitar el amor de María, Madre y Educadora de Jesús. Una, porque este amor es la fuente de toda vida espiritual y medio necesario para llevar a cabo la misión apostólica con eficacia. Decía M. Champagnat: "Amar a Dios y trabajar por darlo a conocer y hacerlo amar: tal debe ser la vida del Hermano" (Vida p. 502) Y en otro lugar leemos: "Para educar bien a los niños hay que amarlos" (ibid. p. 550) A la primera de esta frases el biógrafo añade: "Con estas breves palabras, y sin saber10, M. Champagnat se describió a sí mismo y reflejó su propia andadura" . Manifiesta, en efecto, ese mismo amor por sus Hermanos. Los quiere con el mismo cariño que María cuando les inspiró la idea de entrar en su sociedad. Nadie duda de que está en sintonía con la Madre de Jesús, cuyo ejemplo "educando y sirviendo al Niño Jesús" (Reglas comunes, 1852, p.16) lo convierte en norma para los Hermanos. Se refiere aquí, más que al amor maternal de María, al que ella tenía por el Redentor. Le gustaba considerar a sus Hermanos como obreros "que María había colocado en su propio jardín" (doc.10, p.45) para prepararlos a su misión. Este amor, como el de María por su Hijo, está lleno de respeto por la personalidad de cada uno; lo prueba la confianza que sabía depositar en cada uno de los Hermanos.

Así fue como suscitó en la comunidad del Hermitage ese peculiar espíritu mariano de apertura, de sencillez, de autenticidad en las relaciones y de vida de familia, convencido de que tal era el espíritu de la Sagrada Familia. Cuando regaña a los novicios por meter mucha bulla en los recreos, les recuerda que la Santísima Virgen vivía siempre modesta y recogida, incluso durante los momentos de esparcimiento exigidos por la propia naturaleza. (Vida p. 72)

Pero la virtud en la que más insistía y en la que más quería parecerse a María es, sin duda alguna, la humildad. Este punto es tan importante que merece un examen detallado de la manera como nuestro Fundador, según mi parecer, la entendió y la practicó.

Ante el ejemplo de la Sierva del Señor, no se deja llevar, ciertamente, de ese aire apocado y melífluo que inspiró a los autores espirituales que estaban de moda en su tiempo. Veía la humildad de Belén y de Nazaret, sobre todo, como apertura, verdad, sencillez. María, plenamente consciente de la misión que se le confiaba, que no había escogido sino aceptado por amor al Señor, estaba en el lugar que le correspondía, sin tenerse por más o por menos de lo que era. Dios humilla a los orgullosos y ensalza a los humildes (Cfr Magnificat). Dios le pide una colaboración muy especial a la obra redentora: las circunstancias le irán revelando el cómo. Y María se adecuará con todo su ser, atenta a los menores signos. "María guardaba todos estos acontecimientos y los meditaba en su corazón" (Lc 2, 19) Siempre obediente, se inclina ante el hijo adolescente que tiene que "ocuparse de los asuntos de su Padre", ante el hijo adulto para quien todavía "no ha llegado la hora" (Jn 2,4) y, en el cenáculo, ante los apóstoles escogidos por el Salvador. Pero María no permanece inactiva; forma parte del drama en el que está en juego la salvación del mundo y está presente en el cenáculo donde los apóstoles están reunidos en espera del Espíritu Santo (Hechos 1, 13-1 ; 2, 1-4).

En la “Vida de M. Champagnat el hermano Juan Bautista escribe: "La Santísima Virgen sobresalió en todas las virtudes pero destacó sobre todo por su humildad... Por eso el Fundador quiso que la humildad, la sencillez y la modestia fuesen e! sello distintivo de este nuevo instituto (p. 408). Luego el autor se recrea en una enumeración más literaria que real: "La primera lección" que daba a los postulantes era una "lección de humildad". "El primer libro que ponía en sus manos era el Libro de oro o Tratado sobre la humildad". "El orgullo era e! primer vicio en cuya eliminación se afanaba". Esto no debe llevarnos a pensar que el amor a Dios quedaba postergado. Junto a sus resoluciones tenemos una oración que dice: "Aléjame del trono del orgullo, no sólo porque resulta insoportable a los hombres sino porque desagrada a tu santidad” (OME, doc 6(17) p. 38). De aquí se deduce que, para M. Champagnat la humildad empieza por acoger a Dios y ocupar espontáneamente su puesto de criatura ante el Creador, con todo lo que eso conlleva. Conocemos también su desprecio por todo tipo de vanidad o de fanfarronería boba y ridícula. Hemos de aceptamos como somos, parece recordamos cuando en la oración antes citada confiesa: "Reconozco, Señor, que no me conozco". Nunca las alabanzas le llevaron al engreimiento ni las humillaciones le hicieron perder su dignidad. Hubo, seguro, combates en su interior, como parecer desprenderse de sus resoluciones que, a pesar de todo, no consiguen eliminar sus impulsos naturales. Sin embargo, al ser tímido por temperamento, le resultaba fácil quedarse en segundo plano, pero sin abandonar las exigencias de su misión. Era capaz de plantar cara a un obispo o a un alcalde. al sentirse llamado a trabajar con gente pobre y sencilla, sabía ponerse a su nivel, respetando a cada persona y ayudándoles a reconocer la propia dignidad, independientemente de su condición social.

Este comportamiento de M. Champagnat puede parecer connatural; fue sin embargo el cariño que sentía por la Sierva del Señor lo que le permitió mantenerse en esa línea de conducta y poner todo esmero en su crecimiento espiritual, bebiendo en las fuentes del ser y no en la búsqueda de la promoción y del tener. En este campo, M. Champagnat estaba protegido por la pobreza, de la que nunca quiso separarse de la modestia de su condición social, familiar y personal, aceptadas sin pesar ni resquemor; y, finalmente, la confianza que le hizo caminar sin miedo y acertar. (Cfr Vida, 2a parte, cap. 3)

Espíritu de María

La perfección de la humildad, a juzgar por el modelo de María, no está tanto en el anonadamiento espectacular cuanto en el estilo apacible, sereno, discreto, equilibrado y natural con que se practica. Se puede hablar de espíritu, o mejor de espíritu de María, cuando el juicio modera la relación entre el amor y la humildad.

El espíritu, según el diccionario, es un "conjunto de disposiciones, de modos habituales de actuar" (Petit Robert, p. 619, co1.2). al aplicar esta definición a María podemos deducir las características siguientes: abandono total, sereno y confiado, con la certeza en el amor indefectible de Dios que quiere la felicidad plena de cada persona; el afecto mutuo que lleva a ponerse en actitud de servicio hasta agotar todas las posibilidades, sin retener nada para sí; la serenidad que es fruto de un gozo inalterable y que hace desvanecer las penas más amargas; el respeto lleno de gratitud por toda criatura salida de las manos generosas del Creador; la sumisión alegre a la voluntad del Señor que todo lo dispone con amor.

María, arquetipo del género humano, se nos presenta como la persona en la que el actuar, el corazón y todo su ser pertenecen a Dios; a él le confía las proyectos propios y su realización. María, por tanto, lejos de usurpar el puesto o el rango de otras personas, sólo está preocupado por el bien de sus semejantes, con sus particularidades individuales, pues esa es la gloria del Creador. Por eso María es el enemigo intrínseco del mal, tomado en su sentido esencial de destructor del ser.

Aunque M. Champagnat no describió la figura de la Virgen con estos rasgos ni con esta perspectiva sí que podemos decir que la intuyó en esta línea al intentar imitarla. Las ideas-fuerza que su biógrafo destaca, aunque en diferente contexto, son las de abandono total a Dios, celo por abrir a todos los caminos de la salvación y para comprometerse en esta senda, desapareciendo luego discretamente para respetar la libertad de decisión de cada uno. Las cartas de M. Champagnat son un testimonio de entrega total a su obra y de amor desinteresado por sus Hermanos. "No hay sacrificio que no esté dispuesto a aceptar por esta obra" (L.44, p.119). En los momentos más difíciles, su reacción no es la de abandonar a sus Hermanos sino "compartir con ellos hasta el último mendrugo de pan" (L.30, p. 84). Sólo aspira, como María, a la felicidad celestial: "Pido a nuestra Madre común que nos obtenga una santa muerte para que, después de habernos amado mutuamente en la tierra, nos queramos eternamente en el cielo" (L.79, p.191). ¿Hay algo mejor que se pueda hacer que "parecerse a ella para que todo, en la persona yen los actos, evoque a María, refleje el espíritu y las virtudes de María" (Vida, p.347).

Sólo este espíritu pudo crear en la casa del Hermitage esa atmósfera de familia hecha de autenticidad, de sencillez, de afecto mutuo, sincero y viril, de tranquilidad serena, de alegría, de moderación. Todo esta queda reflejado en unas líneas entusiastas, verdadero himno de alabanza a María, contenidas en la carta del27 de mayo de 1838 a Mons. Pompallier: "María protege visiblemente la casa del Hermitage. ¡Qué fuerza tiene el santo nombre de María! ¡Qué felices nos sentimos arropados por ella! Hace tiempo que no se hablaría de nuestra sociedad si no fuera por ese santo nombre, ese nombre milagroso. ¡María es todo para nuestra sociedad!" (L.194, p.393). ¿Quién ignora que "nombre" significa persona y que "sentirse arropados" quiere decir estar bajo su protección? Estas licencias retóricas son expresión de su gozo y también de su gratitud y de su amor. Nos hablan de cómo la Madre de Dios colma su existencia y cuán ardiente es su deseo de que María siga ocupando el mismo puesto entre los que continúan su obra.

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