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 Sembradores de la buena noticia

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MensajeTema: Sembradores de la buena noticia   Jue Jul 24, 2008 8:05 am

Somos sembradores de la Buena Noticia


69. El centro de la misión de Marcelino Champagnat era “dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar”, viendo en la educación el medio de llevar a los jóvenes a la experiencia de la fe, y de hacer de ellos “buenos cristianos y buenos ciudadanos”.

70. Nosotros, como seguidores suyos, asumimos esta misma misión, y ayudamos a los jóvenes, sin importar la fe que profesen o la etapa de búsqueda espiritual en que se hallen, de manera que lleguen a ser personas integras y esperanzadas, con un profundo sentido de responsabilidad orientado a la transformación del mundo que les rodea. Esta tarea de promover el crecimiento humano es inherente al proceso de evangelización. Al extender los valores del Evangelio a través de todas nuestros proyectos, los educadores maristas contribuimos a la construcción del Reino de Dios sobre la tierra.

71. Vamos aún más lejos. Inspirados por las palabras de Marcelino: “No puedo ver a un niño sin sentir el deseo de catequizarle, de decirle cuánto lo ama Jesús”, presentamos a Jesús a los jóvenes como una persona real, al que pueden llegar a conocer, amar y seguir.

72. En Jesús vemos a Dios que viene a nosotros para que podamos “tener vida y tenerla en plenitud”. Él nos revela en qué consiste la plenitud humana. Sus palabras y acciones responden a nuestras aspiraciones más profundas. Nos trae a todos salud y esperanza. Perdona a los pecadores reconciliándose con la debilidad humana. Acoge con amor especial a los pobres y a los marginados. Nos enseña a orar.

73. Jesús viene “a traer fuego a la tierra”, denunciando las estructuras de dominación, poniéndose del lado de los oprimidos. Él no acepta la lógica del mundo. Al contrario, proclama una nueva visión de la sociedad humana que comienza con el amor de los unos a los otros, incluyendo a los enemigos, y nos invita a compartir el pan de vida, y a superar las divisiones que hemos originado a causa de la raza, la diferencia social, la riqueza, el sexo o cualquier otro motivo de exclusión.

74. La muerte de Jesús en la Cruz y su resurrección como el Cristo de nuestra fe revelan la profundidad del amor del Padre y el poder de Dios para desterrar el mal a favor del bien, inspirando nuestra esperanza como no lo hace ningún otro acontecimiento de la historia. Su Espíritu continúa obrando en nuestro corazón y en nuestra sociedad, redimiendo, liberando y reconciliando. Con fe respondemos a la acción de Dios en nuestra historia y nos dejamos transformar. Esta es la Buena Noticia de Jesús, “Camino, Verdad y Vida”.

Nuestra misión de evangelizar a través de la educación

75. Siguiendo a Marcelino Champagnat, tratamos de ser apóstoles para los jóvenes, evangelizándoles a través de nuestra vida y nuestra presencia entre ellos, así como mediante nuestra enseñanza: no somos ni exclusivamente catequistas, ni sólo maestros de materias profanas.

76. La educación, en su sentido más amplio, es nuestro marco de evangelización: en escuelas, en programas sociales y pastorales, y en encuentros informales. En todos ellos ofrecemos una educación integral, sustentada en la visión cristiana del desarrollo personal y humano.

77. Con la cooperación activa de los jóvenes, buscamos formas creativas para:
 desarrollar su autoestima y su capacidad para orientar sus vidas.
 proporcionar una educación del cuerpo, la mente y el corazón, adecuada a la edad, talento personal, necesidades y contexto social de cada uno.
 animarles a que cuiden de los demás y de la creación de Dios.
 educarles para que sean agentes de cambio social, y trabajen a favor de una mayor justicia para todos los ciudadanos, y para que tomen conciencia de la interdependencia de las naciones.
 alimentar su fe y compromiso como discípulos de Jesús y apóstoles para otros jóvenes.
 despertar en ellos un espíritu crítico y ayudarles a tomar decisiones basadas en los valores del Evangelio.

78. Elegimos estar presentes entre los jóvenes de la misma manera que Jesús estaba con sus discípulos en el camino de Emaús:
 respetando su conciencia y su ritmo de entender a las cosas,
 compartiendo con amor sus preocupaciones,
 caminando a su lado como hermanos y hermanas,
 desplegando gradualmente ante ellos la riqueza y la relevancia de la visión transformadora que tiene Jesús de los hombres y del mundo.

79. Acogemos a los jóvenes. Les escuchamos, les interpelamos. Vemos en ellos la imagen y semejanza de Dios, merecedores de nuestro respeto y ternura, sean cuales sean sus circunstancias, convicciones religiosas o necesidades personales de conversión.

Damos testimonio personal y comunitario de nuestra alegría, esperanza y vida cristiana.

80. Ayudamos a los jóvenes a crecer en libertad personal y a conocer las exigencias de la vida. Les instamos a darse a sí mismos, a compartir lo que tienen, y a comprometerse con entusiasmo. Les ayudamos a descubrir su dimensión espiritual: la experiencia personal del Espíritu que trabaja en lo hondo del corazón humano, inspirando, animando, apoyando, consolando; su capacidad de sorprenderse ante las maravillas de la creación, su intuición de lo trascendente, de que nuestro destino final es estar con Dios.

Invitamos a los jóvenes a un diálogo de vida que los ponga en relación con la palabra de Dios y el Espíritu que actúa en los corazones.

81. Tendemos puentes entre las culturas que se cruzan en nuestra misión. Orientados por la luz del Evangelio, afirmamos todo lo que tienen de positivo y nos mostramos críticos con otros valores que subyacen en su conducta y en sus prioridades. Con verdadero espíritu de diálogo, animamos a los jóvenes a expresar, en su propio lenguaje, su búsqueda de fe, con sus aspiraciones y planteamientos.
Participamos en la misión que tiene la Iglesia de evangelizar las culturas.

82. Presentamos la Buena Noticia no sólo en términos personales, sino también contemplando la comunidad humana a través de la visión de Jesús: llegando hasta el “desecho” de la sociedad, buscando el bien de todos, y comprometiéndonos responsablemente con el futuro de la humanidad y de la creación de Dios.

Educamos en y para la solidaridad.

83. Acompañamos a los que son creyentes hacia un encuentro más cercano con Jesucristo. Compartimos con ellos la persona de Jesús, fuente de vida nueva, de esperanza, y de energía renovada para todos y cada uno de nosotros. Les animamos a crecer como discípulos de Jesús que han sido favorecidos con los dones del gozo, la paz interior y la superación de los temores.

Compartimos nuestra fe.

84. Proporcionamos a los jóvenes creyentes una experiencia de comunidad cristiana, de manera que lleguen a sentirse miembros de la Iglesia local. Procuramos que participen activamente en las comunidades que celebran y alimentan su fe en la Palabra y en el Sacramento. Les animamos a que sean ellos mismos portadores de la Buena Noticia en sus relaciones cotidianas, en sus diversos ambientes culturales y sociales.

Facilitamos la iniciación sacramental a aquellos que lo piden.
Trabajamos en la construcción de comunidades cristianas locales que puedan acoger a los jóvenes.

85. En los ambientes donde existe pluralismo religioso, respetamos la libertad de conciencia de todos, y valoramos la riqueza de la presencia de Dios en las tradiciones religiosas de la humanidad. Ayudamos a los jóvenes de todas las creencias a vivir juntos en paz en sus vidas cotidianas, a mostrarse receptivos entre sí, y a trabajar y orar juntos. Animamos a los que no profesan la fe cristiana a que “practiquen con sinceridad lo que es bueno en su tradición religiosa”. Ayudamos a los jóvenes católicos a tener conocimiento claro de nuestra identidad y nuestra herencia, de manera que no caigan en falsas espiritualidades y actitudes sectarias.

Promovemos el diálogo ecuménico e interreligioso.

Respetamos su edad y circunstancias

86. Cada niño y cada joven es diferente. Todo grupo de jóvenes tiene su carácter distintivo. Los diversos contextos culturales y las variadas circunstancias sociales plantean sus propias posibilidades y nos interpelan en nuestra misión evangelizadora. Conscientes de esta pluralidad, desarrollamos metodologías apropiadas que respeten el grado de disponibilidad y las necesidades particulares de los jóvenes a los que nos dedicamos.

87. Al trabajar con los niños insistimos en la relación con la naturaleza, la apertura a los compañeros y el descubrimiento de Jesús como amigo. Les iniciamos en la oración, en el conocimiento de la Biblia, en la vida sacramental y en actitudes de servicio y solidaridad.

88. Acompañamos a los adolescentes en su proceso de identificación y equilibrio personal, en la aceptación de sus capacidades y limitaciones, y en su nueva manera de relacionarse con los demás, con sus amigos y familiares. Les ayudamos a encontrar su lugar en el mundo y a superar la imagen infantil que tienen de Dios. Les apoyamos también en la búsqueda de valores e ideales que puedan orientar su vida. Prestamos especial atención a la integración positiva de su sexualidad y afectividad. Nos mostramos pacientes y comprensivos ante sus momentos de superficialidad, rebeldía e inestabilidad, característicos de la edad.

89. En nuestro trabajo con los jóvenes, tratamos de dar respuesta a sus interrogantes acerca del sentido de la vida, de la responsabilidad, de los valores trascendentes. Fomentamos su conciencia social y política y los animamos a participar en organizaciones y grupos que se esfuerzan por cambiar la sociedad. Los preparamos para que sean fuente de renovación y dinamismo en la Iglesia local. Les proporcionamos una formación religiosa más sólida para que lleguen a ser animadores cristianos y puedan transmitir mejor su fe y esperanza en medio de los ambientes en que viven.

90. Les ayudamos a clarificar su vocación en la vida y les presentamos las diversas opciones de vida: celibato, matrimonio, sacerdocio, vida religiosa. Invitamos a los que se muestran receptivos a que consideren la posibilidad de la vida religiosa marista. Les acompañamos en su deseo de dar respuesta a la llamada vocacional.

Con la fuerza del Espíritu, a la manera de María

91. La labor de evangelización es primordialmente tarea del Espíritu Santo. El Espíritu ungió a Jesús y le dio el poder de anunciar la venida del Reino de Dios mediante signos y prodigios. Fue el Espíritu, el prometido, el que trajo luz, fuerza y crecimiento a la Iglesia naciente. Es el mismo Espíritu el que guía a toda la humanidad, y de modo especial a la Iglesia, en el camino de la fe, haciendo que el nuevo orden de Dios sea una realidad entre nosotros.

92. Marcelino no fue ajeno al poder del Espíritu. Junto con sus compañeros de la Sociedad de María, tuvo la convicción de que el Espíritu les inspiraba en su búsqueda de nuevas formas de estar presentes como Iglesia en una época de increencia. Nosotros hoy queremos ser igualmente receptivos y sensibles a las inspiraciones del Espíritu.

93. Champagnat, siempre consciente de la presencia de Dios, especialmente en los momentos de prueba y dificultad, estuvo abierto a la voluntad de Dios que se manifestaba en los hechos y circunstancias de la vida. El salmo 127: “Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los que la fabrican...”, se convirtió en su oración constante. Marcelino confió su persona y su ministerio a María “que lo ha hecho todo entre nosotros”. Nosotros hacemos de esa actitud de oración una orientación diaria dentro de nuestro trabajo de evangelización.

Con vocación de educadores

94. Nuestra tarea educativa no es sólo una profesión, es una vocación. El Papa Pablo VI nos recordaba que “los hombres y las mujeres de hoy escuchan mejor a los testigos que a los maestros, y si escuchan a los maestros es porque son testigos”.

95. No se trata de un proceso unidireccional. Los jóvenes también nos inspiran y nos evangelizan, y nosotros les evangelizamos a ellos. Su confianza en nosotros, su energía, fuerza, honestidad y búsqueda, su bondad y su fe nos conmueven y alientan nuestra propia fe.

96. Marcelino Champagnat describió nuestra vocación a uno de sus primeros discípulos con palabras que nos recuerdan la responsabilidad que tenemos hacia los jóvenes que educamos, pero también la confianza que Dios ha puesto en nosotros: “Su vida entera será el eco de lo que usted les haya enseñado. Entréguese, no ahorre esfuerzos en formar a sus muchachos en la virtud, haga que se den cuenta de que sólo Dios puede hacerles felices, que solo para Él fueron creados. ¡Cuánto bien puede usted hacer, mi querido amigo!”

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