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 Un corazón sin fronteras VIb

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Localización : Guatemala

MensajeTema: Un corazón sin fronteras VIb   Jue Jul 24, 2008 1:27 pm

El problema del servicio militar y el Brevet (certificado de docencia)

En Francia, en aquella época, el servicio militar venía a durar entre seis y ocho años. Los maestros que pertenecían a órdenes religiosas podían verse libres de esta obligación sólo en el caso de que su congregación estuviese autorizada legalmente para ejercer la enseñanza. El Instituto de Marcelino no lo estaba; por eso se dedicó en cuerpo y alma a resolver este problema.

Tenía dos alternativas válidas para mantener abiertas sus escuelas. Una, fusionar su grupo con una congregación reconocida legalmente. Otra, seguir luchando hasta conseguir la autorización para los Hermanitos de María. Al principio, el arzobispo De Pins alentó al sacerdote a intentar una vez más obtener la aprobación legal. No obstante, al ver que el asunto se retrasaba siguió las recomendaciones de sus asesores y aconsejó a Marcelino que uniera sus hermanos con los clérigos de San Viator del padre Querbes. Sin embargo el fundador temía que esa unión pudiera destruir el espíritu de sus discípulos y se mantuvo reticente ante la sugerencia.

A pesar de la falta de autorización y de la presión que ejercían sobre él para fusionarse con otros grupos, Marcelino continuó abriendo escuelas. No le faltaban llamadas en tal sentido. Los pueblos de zonas rurales no se fiaban de los instructores que procedían de las Escuelas de Magisterio oficiales y presionaban a sus ediles para que les garantizasen el servicio de los hermanos.

Hasta enero de 1834 todavía hubo insistencia por parte de la diócesis para que se uniera a otras congregaciones. Desgraciadamente la esperada aprobación oficial del Instituto no iba a llegar en vida de Marcelino. Los acontecimientos que tuvieron lugar en la historia francesa de aquella época marchaban en dirección contraria a sus deseos. En febrero de 1834, por ejemplo, se aprobó la Ley de Asociaciones con la finalidad de poner freno a la militancia de la clase obrera, y esa misma ley fue esgrimida para demorar la autorización.

Llega la aprobación para los Padres Maristas

En una parte anterior de esta historia hemos conocido la figura del vicario general Bochard y ya vimos la cruz que supuso para Marcelino. Ahora vuelve de nuevo a la escena, pero la cruz pasa a Juan Claudio Colin y sus compañeros sacerdotes maristas de Belley. Bochard era competitivo, pero soportaba mal la competencia. Por ello mismo, se opuso a que la Iglesia otorgara autorización a congregación alguna que tuviese unos fines similares a los de la Sociedad de la Cruz de Jesús. Desdichadamente el apostolado de los jóvenes sacerdotes de la Sociedad de María se parecía al del grupo de Bochard.

El Padre Courveille demostró ser otro serio obstáculo en el camino hacia la autorización. Hemos podido comprobar anteriormente que el hombre estaba falto de sensatez y de espíritu de discernimiento. Por otra parte, no era la persona adecuada para encargarse de la organización del grupo. Finalmente el Padre Colin asumió la tarea.

Los obispos de la región tampoco eran al principio muy favorables a la Sociedad y a la idea de que se les otorgara el reconomiento eclesiástico. ¿A qué obispo le iba a gustar dar la aprobación a una congregación que iba a llevarse algunos de los sacerdotes que dependían de su diócesis?

A pesar de estas dificultades los Padres Maristas obtuvieron en 1824 el permiso para vivir en dos comunidades, una en Belley y la otra en el Hermitage. El Padre Colin fue nombrado superior de la primera y Marcelino de la segunda. Éste se había dedicado desde los orígenes a la Sociedad de María y trabajaba activamente para verla consolidada. Confiaba a uno de sus hermanos: “Para mí la labor de los sacerdotes de la Sociedad es también tan importante que estaría dispuesto a sacrificar todo lo que tengo si fuese necesario para su obra”.

Los sacerdotes de la Sociedad de María estuvieron siempre en el corazón de Marcelino. Y ellos le correspondieron igualmente con afecto y estima. En 1839 le eligieron Asistente general del Padre Colin.

Marcelino tomó parte activa en la fondación de otras ramas de la Sociedad de María. En agosto de 1832 animó a tres muchachas para que se fueran con las Hermanas Maristas de Juan María Chavoin, a su casa de Bon Repos, en la diócesis de Belley. Al final serían no menos de quince las candidatas que había llevado a aquella comunidad. Una de ellas era sobrina suya, otra la hermana de uno de sus discípulos. Dado su carácter entusiasta y esperanzado, Marcelino debió pensar que la aprobación formal de la Iglesia llegaría pronto a la Sociedad de María. Un viaje que hizo el padre Colin a Roma en el verano de 1833 le devolvió pronto a la realidad.

Colin va a Roma

Juan Claudio Colin, decidido a conseguir la autorización eclesiástica, viajó a Roma en agosto de 1833. Allí le esperaba la frustración. Primero tuvo problemas para que le concediesen audiencia con el Papa; luego, las autoridades vaticanas no le ocultaron sus recelos sobre una Sociedad que incluía sacerdotes, hermanas, hermanos, y una orden tercera. Aquello les parecía un grupo excesivamente grande, dominado por los franceses. El galicanismo todavía suscitaba temores en la Curia Romana.

No obstante, en diciembre de ese mismo año, Colin recibió una carta del cardenal Odescalchi, Prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, en la que éste le manifestaba una cierta conformidad con la idea general del grupo Marista. El cardenal sugería que el proyecto era “demasiado grande”. Al propio tiempo remitía la cuestión al cardenal Castracane para seguir profundizando en su estudio. La conclusión no tardó en llegar: “Esta Sociedad compuesta de cuatro ramas distintas... es un delirio. No hay posibilidad de aprobar una organización tan desmesurada”.

En abril de 1834 el cardenal Odescalchi escribió a los obispos de Lyon y de Belley para comunicarles que Roma no veía aceptables los planes de la Sociedad de María de Colin. Esgrimía varias razones. Una, que no hacían falta Hermanos Maristas ya que el grupo de La Salle ya existía y cumplía los mismos fines; la segunda, que ya había muchas congregaciones religiosas femeninas en Francia, ¿para qué añadir una más? Finalmente, la propuesta de una orden tercera seglar parecía “fuera de tiesto”, porque disminuía el poder del obispo a favor del Superior general de la Sociedad de María. ¿Había algo de bueno en esta letanía de desgracias? Sí, Roma apoyaba la idea de Colin de formar una nueva congregación de clérigos y que se eligieran un Superior general.

La suerte llama a las puertas

En 1835 la Curia Romana informó a los obispos de Lyon y Belley que los sacerdotes maristas podían convertirse en una congregación interdiocesana y elegir Superior general. No se asignaba al grupo ninguna misión específica. El reconocimiento pleno como Instituto religioso vendría después.

La falta de respuesta a la llamada de misioneros que quisieran ir a Oceanía había causado honda decepción en el Vaticano. El vicario general Cholleton tuvo noticia de que en Roma estaban buscando una congregación que llenase ese hueco y se lo comunicó a Pompallier, sacerdote que había sido capellán en el Hermitage. Éste informó rápidamente a Colin. Los jóvenes padres maristas vieron la oportunidad que se les presentaba y aceptaron la misión de Oceanía. El 29 de abril de 1836 les venía la aprobación de Roma por la que tanto tiempo habían suspirado.

Marcelino recibió con extraordinario gozo las dos noticias, la que anunciaba la autorización y la que se refería al nuevo campo de misión. Él siempre había deseado irse a lejanas tierras a extender la fe. Y, de hecho, su nombre era el primero en la lista de voluntarios que se apuntaron para ir al Pacífico. Por desgracia, la edad y el quebranto de su salud fueron un obstáculo para sus sueños. Por otra parte, su presencia era absolutamente necesaria para dirigir a los hermanos en aquellos momentos delicados y también de cara al futuro. Ya que no pudo ir a las misiones, puso su parte enviando a algunos de sus discípulos con el grupo de los primeros padres maristas que destinados a ellas.

Pompallier fue nombrado Vicario Apostólico de las Misiones de Oceanía y poco después recibió la ordenación episcopal en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Roma. Él y su grupo, formado por cuatro sacerdotes y tres hermanos, se dirigieron a Fourvière a poner su labor misionera bajo la protección de la Virgen. Luego viajaron a París y, finalmente, embarcaron en el puerto de El Havre rumbo a Oceanía la víspera de Navidad del año 1836. Marcelino había dicho alguna vez: “Un hermano es un hombre para quien el mundo no es suficientemente grande”. Aquella imagen del barco zarpando del puerto con los tres hermanos a bordo era la primera plasmación de ese pensamiento.

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