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 Un corazón sin fronteras V

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras V   Jue Jul 24, 2008 1:24 pm

Capítulo V

Permanente adversidad

En mayo de 1825, Marcelino, junto con Courveille, veinte hermanos y diez postulantes, se trasladaron a vivir al Hermitage. Poco después el Consejo arzobispal pidió al Padre Terraillon – miembro del grupo que inició la Sociedad de María en Fourvière – que fuese a colaborar en la formación religiosa de los hermanos. Estaba claro para la mayoría que Marcelino tenía ahora dos sacerdotes que le asistían en su tarea. Pero el ruido de los truenos venía acercándose ya a este lugar hasta entonces tan sereno.

Juan Claudio Courveille era un hombre imprevisible. Al sentirse frenado en su acción, decidió afirmarse como Superior de los hermanos. Había llegado el verano, y estaban todos en el Hermitage. Courveille los reunió y les dirigió una larga exhortación que concluía con estas palabras: “Es necesario que elijáis a uno de los Padres que estamos aquí para que os dirija. Por lo que a mí respecta, estoy dispuesto a sacrificarme por vosotros”.

Los hermanos no estaban interesados en esa oferta. Cuando se les pidió que escribieran en una papeleta el nombre de su preferencia, eligieron a Marcelino. Considerando que, quizá, no habían reflexionado suficientemente en este asunto, o tal vez porque él mismo veía a Courveille como el Superior de las diversas ramas maristas, el fundador pidió a los hermanos que efectuaran una segunda votación. ¿Resultado de las urnas?: Marcelino, de nuevo.

Pero Courveille no lo asumió con tanta facilidad. En noviembre de 1825, cuando el fundador estaba de viaje visitando las escuelas, él mismo se nombró Superior y escribió a todos los hermanos para informarles del hecho. En el Hermitage, no ahorró críticas a los jóvenes que hablaban de Marcelino, ausente, aludiendo a él como Superior. En esto le secundaba el padre Terraillon.

Marcelino, enfermo de gravedad

Al día siguiente de la Navidad de 1825, el fundador cayó enfermo. No había parado de trabajar y de atender a los hermanos, visitándolos en cada una de las diez comunidades dispersas en que vivían, a pesar de estar agobiado por diversas preocupaciones y del mal tiempo que estaba haciendo en aquel invierno. En el plazo de una semana se puso al borde de la muerte. Courveille escribió sin dilación a todas las comunidades pidiendo que rezasen por el fundador.

Algunos acreedores de Marcelino, alarmados por la noticia de su enfermedad, exigieron el pago de sus cantidades inmediatamente. El fundador, preparándose para lo peor, redactó su testamento el 6 de enero de 1826. Por desgracia, la única herencia que podía dejar eran sus deudas, y no había muchos que quisieran recibir ese legado. Marcelino y sus hermanos sufrieron lo indecible en aquellos momentos.

Por otra parte, Courveille y Terraillon no contribuyeron en modo alguno a superar el mal trance. En 1833 el fundador describía la situación, en carta al vicario general Cholleton, con estas reveladoras palabras: “Durante una larga y seria enfermedad, encontrándome cargado de deudas, quise nombrar al padre Terraillon como mi único heredero. Él declinó el ofrecimiento, arguyendo que yo no tenía nada. Y por lo que se refiere al padre Courveille, éste no cesaba de decir a los hermanos: Pronto vendrán los acreedores y os echarán a todos de aquí. Nosotros nos iremos a una parroquia y os quedaréis solos”.

Entonces el hermano Estanislao decidió tomar la iniciativa acudiendo a los responsables de la Curia y también a los acreedores. Como fruto de sus gestiones el señor Dervieux, párroco de Saint Chamond, se hizo cargo de las deudas del fundador. El padre Verrier, otro compañero de seminario, también se presentó en el Hermitage con ánimo de ayudar en aquellas circunstancias.


El fundador se recupera

Marcelino salió de su enfermedad, aunque las secuelas le acompañarían de por vida. Para febrero de 1826 estaba ya en condiciones de volver a sus tareas. Y merced a su capacidad de negociar, su optimismo y tacto con la gente, junto con la confianza en Dios y en su providencia, no tuvo problemas para conseguir préstamos con los que llevar adelante las obras emprendidas. Consciente como era del peso de las deudas contraídas, nunca se le vio preocupado por el dinero más de lo debido.

Pero en la enfermedad había aprendido una lección importante. Por entonces escribió: “Al fin Dios en su bondad, o tal vez en su justicia, ha restaurado mi salud. Lo digo porque en estas circunstancias ni Courveille ni Terraillon han tenido con mis jóvenes los sentimientos de un padre”.

Courveille, como antes hemos dicho, había asumido el cargo durante la enfermedad del fundador. Por aquella época volvía locos a los hermanos con su manera de actuar. Exigía que los novicios acataran sus órdenes sin rechistar. Y esto sucedía con tanta frecuencia, que apagaba la espontaneidad natural de los jóvenes. Courveille tampoco quería escuchar quejas, y parecía mostrarse indiferente ante el hecho de que algunos se plantearan abandonar la vocación. Marcelino, que se encontraba aún convaleciente, le rogó que fuera comprensivo y paternal en la dirección de los hermanos. Perdía el tiempo, el otro hacía oídos sordos.

Espoleado por la ambición y celoso del afecto que los hermanos sentían por Marcelino, Courveille se dedicó a desacreditar al fundador ante las autoridades diocesanas. Presentó al arzobispo una lista de quejas. Finalmente el padre Cattet, vicario general, acudió al Hermitage para investigar.

A Cattet no le gustó lo que vio allí. Marcelino se encontraba por entonces convaleciendo en la casa parroquial de Saint Chamond, acogido por el padre Dervieux. El vicario le ordenó que dedicara más tiempo a la formación de los hermanos, le prohibió tajantemente que emprendiese más proyectos de construcción, le insistió que debía entregarse menos a las cosas materiales. Una vez vuelto a Lyon, Cattet diseñó un plan para fusionar a los hermanos de Marcelino con otra congregación recientemente fundada, la de los hermanos del Sagrado Corazón del Padre Coindre. Éste no mostró mucho entusiasmo por la idea. El arzobispo, por otra parte, aunque estaba preocupado por la precaria situación financiera del Instituto, tampoco apoyaba el plan de Cattet. Coindre falleció repentinamente y el vicario redobló los esfuerzos para llevar adelante su diseño. Sin embargo, el 8 de agosto de 1826, el Consejo arzobispal decidió vetar todo tipo de fusión.

Estos intentos de desacreditar a Marcelino hicieron aún más tensa la relación entre Courveille y los hermanos. Pero pronto iba a ocurrir un suceso que marcaría el final de la asociación de Juan Claudio Courveille con los Hermanitos de María.

Courveille cae en desgracia

Es evidente que este hombre trajo bastantes problemas a Marcelino y sus jóvenes discípulos. También arrastraba su propio conflicto interior, mucho más de lo que parecía a primera vista, derivado de sus limitaciones psicológicas y morales. Poco después de la visita apostólica de Cattet, Courveille abusó sexualmente de uno de los postulantes del Hermitage. En cuanto se enteró de la situación, el padre Terraillon informó inmediatamente al vicario general Barou. Había que tomar medidas: Courveille abandonó el Hermitage sin dilación y se recluyó en la abadía cisterciense de Aiguebelle, distante 120 kilómetros en dirección sur.

¿Quién era Juan Claudio Courveille? Hemos visto que, desde que fue ordenado sacerdote, tomó parte activa en la iniciación de grupos religiosos. También quería levantar una casa para sacerdotes en Charlieu, y, desde luego, se consideraba el Superior general de la Sociedad de María.

A pesar de su empeño y preparación, no contaba con el respaldo de algunos Maristas relevantes. En algún momento entre los años 1822-1824, Juan Claudio Colin, por ejemplo, decidió que Courveille no era el hombre adecuado para liderar el grupo que habían fundado, de tal manera que su nombre dejó de aparecer en la correspondencia institucional mantenida con las autoridades eclesiásticas.

No hay ninguna duda de que Juan Claudio Courveille, junto con los demás, tuvo una clara visión de lo que más tarde serían las diversas ramas maristas tal como las conocemos hoy por el mundo. Pero si era un hombre con ideas, demostraba al propio tiempo una seria inestabilidad. Finalmente acabaría encontrando algo de paz en la abadía benedictina de Solesmes. Le admitieron allí en 1836 y llevó hasta su muerte una vida ejemplar como monje. De todos modos, nunca olvidó la Sociedad de María: hasta el último momento reivindicó para sí la condición de fundador.

Más quebraderos de cabeza

¿Llegó la calma al Hermitage con la marcha de Courveille? No, desgraciadamente. Persistían los problemas financieros, y por si no fueran bastantes otros distintos vinieron a sumarse a las preocupaciones de Marcelino. Había bajas en el Instituto, a pesar de que el fundador se esforzaba por transmitir optimismo sobre la situación económica. Courveille había logrado convencer a algunos hermanos de que el proyecto de Marcelino, amenazado por las deudas, estaba condenado al fracaso. También se llevó a dos o tres hacia otra fundación religiosa que había impulsado en la diócesis de Grenoble.

El hermano Juan Francisco, discípulo de los primeros días y muy apreciado por Marcelino, abandonó el grupo por esta época, y también se fue el primer miembro del Instituto, Juan María Granjon, que con el tiempo se había vuelto un joven desasosegado e incapaz de asentarse.

Juan María tenía un concepto de la santidad que se manifestaba en prácticas poco aconsejables. Vestía camisas de tela burda, se flagelaba sin piedad, y rezaba durante horas seguidas con los brazos en cruz expuesto al frío del invierno. Muchos temían que hubiera caído en la enajenación mental. No hubo forma de hacerle entrar en razón. Al acabar octubre de 1826 Juan María ya no estaba con los hermanos.

El padre Terraillon marchó del Hermitage ese mismo año. Hacía tiempo que no se sentía a gusto, y aprovechó la ocasión de que le invitaran a predicar en unas celebraciones jubilares para irse definitivamente. Marcelino sufrió por este abandono, los hermanos no tanto. Muchos de ellos habían tenido sus problemas con él. Terraillon sería después uno de los miembros del primer grupo de Padres Maristas que hicieron los votos en 1836, llegando a ser asistente general con el padre Colin.

Si el año 1826 fue malo para Marcelino, no lo fue tanto como para socavar su celo o debilitar su fe y su confianza en Dios. Aquel año abrió no menos de tres escuelas nuevas. Las que ya venían funcionando disfrutaban de un éxito sin precedentes. A mayor abundamiento, una carta de Juan Claudio Colin, fundador de los Padres Maristas, también le llenó de consuelo. Fechada el 5 de diciembre de 1826, decía entre otras cosas: “No puedo por menos de admirar las bendiciones que Dios ha traído a esta importantísima y necesaria obra dedicada a la educación de los jóvenes”.

Marcelino se empeñaba en ayudar a los hermanos a mantener el fervor y el espíritu de pobreza. Si el año anterior había sido difícil para él, no lo había sido menos para aquellos jóvenes. Por eso deseaba ardientemente el apoyo de otro sacerdote en el Hermitage. A instancias del vicario general Barou, el arzobispo De Pins pidió al padre Séon, recién ordenado, que acudiera allá. El interesado aceptó gustoso, no estaba deseando otra cosa.

Movimientos en la base

Tras aquellos días aciagos de 1826, Marcelino debió respirar aliviado al ver que las cosas se asentaban al año siguiente, que estaba siendo excepcionalmente tranquilo. Pero esa tranquilidad se iba a hacer añicos a causa de algo tan aparentemente nimio como la vestimenta.

Al marcharse Courveille, Marcelino cambió el atuendo azul que aquél había prescrito para los hermanos. Ahora llevarían sotana negra con una capa corta, cordón negro de lana y un rabat blanco. Los hermanos de votos perpetuos se pondrían un crucifijo. En el retiro anual de 1828 Marcelino introdujo algunos otros cambios, por ejemplo el de sustituir los botones por broches en la sotana hasta su mitad, yendo luego cosida hasta abajo. A casi todos les pareció bien esta transformación.

Lo que vino luego no tuvo la misma acogida. Hasta entonces los hermanos llevaban medias de lana o de algodón. Por diversas razones el fundador quería introducir otro tipo de medias, hechas de paño. Empezaron a surgir objeciones. Algunos se revolvieron con este asunto y decidieron ponerse en contacto con dos de los vicarios generales de la diócesis. Varios hermanos, de los más veteranos, temieron que las cosas empezaran a ir demasiado lejos, se entrevistaron con el fundador y le pusieron al corriente de la situación.

Marcelino tenía ante él un dilema. Como hombre de oración que era, primero pidió luz a Dios. Después trató de persuadir a los disidentes. Todos ellos se avinieron finalmente, salvo dos. Aunque eran hombres de gran capacidad para la enseñanza y con influencia, su crecimiento religioso había sido débil. El fundador aprovechó la circunstancia para hablar de nuevo con ellos y recordarles sus obligaciones, pero sus esfuerzos sirvieron de poco. Para octubre del año siguiente ambos habían salido del Instituto.

¿Qué podemos decir de todo este tumulto organizado en torno a unos simples calcetines? Marcelino era hijo de la Revolución. Era contrario a todo signo de elegancia en el vestir. Desde un punto de vista religioso quería también reforzar el espíritu de pobreza. Los primeros Hermanos no tuvieron una vida fácil, pero las privaciones que sufrían les mantenían unidos entre sí y les movían a compartir lo poco que tenían. Esa carencia les hacía también más sensibles y cercanos a las circunstancias de aquellos a quienes estaban llamados a servir.

Tal vez el fundador había tratado de reforzar el sentido de autoridad en el Instituto. No era un hombre autocrático, pero sabía que el individualismo excesivo destruye el espíritu de sacrificio y de cooperación en cualquier grupo, y no quería que se instalara fácilmente entre los Hermanitos de María.

El fin de una década

El Instituto continuó floreciendo. En 1829 se abrieron las escuelas de Feurs y Millery. Aquel mismo año los hermanos adoptaban un nuevo método para la enseñanza de la lectura. Aumentaba por doquier el aprecio a su labor.

Según se iba terminando la década, el fundador seguramente contemplaba el pasado con satisfacción, después de tantos sudores. Había adquirido recientemente otro terreno colindante con el Hermitage. La archidiócesis le había dado la aprobación para la profesión de los votos en la comunidad. Su Instituto se había ganado la estima y el apoyo de los ayuntamientos. Y corría el rumor de que el arzobispo estaba dispuesto a formalizar canónicamente la situación de los Padres Maristas. En medio de tanta buena noticia, a punto de abrirse una nueva década, Marcelino posiblemente pensaba que los malos tiempos habían quedado atrás, pero el casi inminente estallido de la Revolución de 1830 le iba a obligar a cambiar de opinión.

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