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 Un corazón sin fronteras IVb

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras IVb   Jue Jul 24, 2008 1:23 pm

El Acordaos en la nieve

En febrero de 1823 Marcelino supo que el hermano Juan Bautista, destinado en Bourg-Argental, había enfermado de gravedad. Preocupado por su estado, se puso en camino hacia allá, recorriendo a pie los veinte kilómetros que le separaban del lugar a través de un terreno áspero. Le acompañaba el hermano Estanislao.

Al hacer el viaje de vuelta, y cuando caminaban por una zona de bosques, se vieron atrapados en medio de un fuerte temporal de nieve. Los dos eran jóvenes y resistentes, pero después de haber caminado errantes durante horas cayeron exhaustos. El hermano Estanislao, desfallecido, ya no podía caminar. Se echó la noche. La posibilidad de morir allí aumentaba a cada hora. Ambos se encomendaron a María para pedir ayuda y rezaron el Acordaos.

Poco más tarde, divisaron la luz de un farol no lejos de donde ellos estaban. Un granjero de la vecindad, el señor Donnet, había salido de la casa para dirigirse al establo. Habitualmente solía hacerlo por una puerta interior que comunicaba la vivienda con la cuadra. Por alguna razón que sólo podría explicarse desde la fe, esa noche, contra su costumbre y a pesar de la borrasca, cogió una linterna y salió por el exterior de la casa. Hasta el fin de sus días recordaría Marcelino este suceso, atribuyendo aquella ayuda a la mano de la Providencia. Y entre nosotros ha quedado el recuerdo con la alusión del Acordaos en la nieve.

La espiritualidad de Marcelino

Hasta ahora hemos venido describiendo hechos y acontecimientos de la vida de Marcelino. ¿Qué podemos deducir de ellos para acercarnos más a su persona y su espiritualidad? Sin duda alguna, debemos admitir que le tocó enfrentarse con la adversidad: la falta de preparación para ingresar en el seminario, la dificultad en los estudios, un párroco inestable y desestabilizador, las ambiciones de un vicario general. Cada obstáculo que encontraba en el camino le ayudaba a crecer en caridad, en optimismo, capacidad de iniciativa y diplomacia.

El episodio del Acordaos en la nieve abre otra ventana en torno al hombre. ¿Cuál fue la razón que le movió a ponerse en camino? La preocupación por su hermano enfermo. El amor a sus primeros discípulos fue uno de los rasgos más destacados del fundador. El mundo conceptual de Marcelino podría parecer pequeño si se compara con la cosmovisión que tiene mucha gente en los tiempos actuales. Pero su corazón era muy grande. Él vivía un “cristianismo práctico” que le llevaba a concretar el amor mediante la acción. Estaba enfermo un hermano: el fundador acudía sin dilación a visitarlo.

Dicho eso, sin embargo, quizá cabría preguntarse ¿por qué se empeñó el hombre en emprender el viaje de regreso con un tiempo que presagiaba tormenta? Algunos podrán pensar que aquello fue una imprudencia.

Aparte de las razones que pudiera tener para tomar el camino de vuelta sin tardanza, nosotros podemos suponer que era su sentido de la presencia de Dios y la confianza en María lo que le llevaba a ponerse en viaje en unas circunstancias donde otros se lo pensarían dos veces. La oración del Acordaos en medio del peligro no fue el esfuerzo final de un hombre moribundo. Marcelino vivía convencido de que Dios está siempre presente y actúa; había experimentado la ayuda de María tantas veces que contaba con su protección sin fisuras. El Acordaos en la nieve fue la manifestación exterior de una realidad espiritual mucho más profunda.

Bochard, fuera de combate

El vicario general decidió estrechar el cerco en torno a Marcelino. En agosto de 1823, en la clausura del retiro espiritual de los sacerdotes, Bochard amenazó, con cerrar la casa de los hermanos se imponer sanciones canónicas al coadjutor, incluyendo el cambio de destino, a menos que aceptase la fusión de su congregación con su propio grupo. El coadjutor empezó a moverse de inmediato, reuniéndose con sus amigos de la curia. Ellos le animaron a mantenerse firme.

El vicario empleó métodos drásticos para doblegar la resistencia de Marcelino. El padre Dervieux, párroco de la vecina ciudad de Saint-Chamond, instigado por Bochard, arremetió contra Marcelino arguyendo que sus jóvenes discípulos iban a quedar abandonados a su suerte si la casa se cerraba.

El párroco Rebod tampoco se perdió la ocasión y trató de humillar en público a su coadjutor una vez más. Él mismo se ofreció personalmente para hacerse cargo de los hermanos, o para conseguir que los admitieran en otras congregaciones si se desentendían de su fundador. Sin embargo, lo peor aún no había llegado. El sacerdote Jean-Louis Duplay, que había venido siendo su director espiritual hasta entonces, influido por informaciones sesgadas, se negó a seguir orientándole.

¿Cuál fue la reacción de Marcelino ante tanta contrariedad? Al principio tuvo sus dudas e incluso llegó a plantearse la posibilidad de marcharse a las misiones de América. Pensaba que podría llevarse a sus hermanos con él allende el Atlántico. Les preguntó qué opinaban ellos. ¿La respuesta?: que ellos se irían con él donde quisiera.

La estrategia del coadjutor empezó con un retiro de ayuno y oración que duró nueve días. Luego peregrinó nuevamente a La Louvesc, a la tumba de su santo favorito, Juan Francisco Regis.

Y después siguió fundando escuelas. En 1823 se abrieron tres. También le reconfortaba el hecho de verse apoyado por miembros relevantes de la curia diocesana y numerosos compañeros sacerdotes. De todos modos, poco tiempo más tarde el viento iba a soplar a favor, a causa de un suceso totalmente inesperado.

Nuevo arzobispo en Lyon

En 1823, tras la muerte de Pío VII, fue elegido Papa León XII. El 23 de diciembre de ese mismo año llegó de Roma el nombramiento del obispo De Pins como administrador apostólico de la archidiócesis de Lyon. Se había terminado el período de ausencia del cardenal Fesch y el gobierno efectivo de su vicario general Bochard.

Éste fue trasladado de Lyon a la diócesis de Belley. Su partida supuso un gran alivio para Marcelino y sus hermanos. Aunque el vicario siguió impugnando la legitimidad del nombramiento de monseñor De Pins, su nueva situación le hacía completamente inofensivo en asuntos que tuvieran que ver con la sede de Lyon.

A finales de marzo de 1824, el fundador viajó a la curia, a entrevistarse con el nuevo arzobispo. Allí, en presencia de varios sacerdotes amigos, De Pins le dio su beneplácito personal, tuvo para él palabras de aliento y le entregó una cantidad de dinero para ayudar a sus hermanos. Un historiador de la época nos cuenta que, terminada la reunión con el arzobispo, Marcelino “subió a Nuestra Señora de Fourvière (la capillita donde los primeros Maristas habían ofrendado sus vidas a María) y pasó mucho tiempo ante el altar de la Virgen... como si estuviera fuera de este mundo”.

La construcción de Nuestra Señora del Hermitage

Hacia 1824 la congregación de Marcelino había crecido de tal manera que necesitaba la ayuda de otro sacerdote. El 12 de mayo el Consejo arzobispal decidió enviarle al padre Courveille.

La incorporación del sacerdote permitió a Marcelino disponer de más tiempo para dedicarse a un proyecto que llevaba largo tiempo madurando: la construcción de un edificio con amplitud suficiente para albergar al cada vez más numeroso grupo de hermanos. Adquirió un terreno de cinco acres en un lugar recogido del valle del río Gier. Estaba flanqueado por abruptos declives de montaña por el este y el oeste, tenía un bosque de robles y disponía de riego abundante con el agua del río. A finales de mayo el vicario general Cholleton bendecía la primera piedra. La construcción comenzaba poco después.

Marcelino y sus jóvenes hermanos trabajaron de firme durante los meses de verano y el comienzo del otoño de 1824. Cortaban la piedra y la transportaban a la obra, sacaban arena, hacían el mortero y ayudaban a los albañiles profesionales que habían sido contratados para el trabajo de especialistas. Estaban alojados en una vieja casa alquilada, y se reunían para la misa ante un cobertizo del robledal. Este lugar fue denominado La capilla del bosque. Un arcón hacía de altar. La comunidad se congregaba a orar al toque de una campana que estaba colgada de una rama. Allí se derrochaba entusiasmo: los jóvenes se ayudaban unos a otros. Y se sentían orgullosos de su trabajo.

A lo largo del período de construcción de aquella casa de cinco plantas, el fundador fue un ejemplo constante para sus hermanos. Era el primero que acudía al tajo al comenzar el día y el último que lo dejaba al finalizar la jornada. Pero si los hermanos apreciaban el esfuerzo de Marcelino, había algunos clérigos que demostraban menos entusiasmo. No veían con buenos ojos la imagen de un sacerdote que llevaba la sotana manchada de cal y que tenía las manos rugosas por el trabajo manual. En cambio sus parroquianos estaban a favor de él. Aquellas gentes sencillas y laboriosas apreciaban su celo por las almas y le admiraban también como trabajador y constructor.

El nuevo edificio estuvo en condiciones de ser habitado para el final del invierno de 1825. Y en mayo de ese año los hermanos de La Valla se trasladaron a vivir a Nuestra Señora del Hermitage. Marcelino tenía ya una casa madre para su Instituto.

El fundador no descuidó la formación de sus discípulos durante el tiempo que duró la construcción. A pesar de la fatiga que arrastraba tras la jornada de trabajo en la obra, cuando caía el día continuaba instruyéndoles en la vida religiosa y preparándoles para ser buenos educadores.

Aparte de levantar el Hermitage, Marcelino fundó nuevas escuelas a lo largo de 1824, entre ellas las de Charlieu y Chavanay. Y siguió afanándose por conseguir el reconocimiento legal de su grupo. Se mantuvo en este empeño sin descanso, pero jamás llegaría a ver el éxito en sus gestiones, ya que – por desgracia – el Consejo de Estado del Rey se había vuelto cada vez más reacio a conceder autorización a las congregaciones dedicadas a la educación, sobre todo las masculinas. Esta lucha continua en busca de la legalización fue una dura prueba para su paciencia y minó sus fuerzas.

El conflictivo Courveille

Courveille se veía a sí mismo como Superior de la Sociedad de María, y por esa razón comenzó a inmiscuirse en los asuntos de los hermanos. Primero se metió con la cuestión de la vestimenta. En un principio, Marcelino había establecido un determinado atavío para los miembros de su comunidad. Courveille cambió las directrices y les impuso una levita de color azul celeste cubierta por una esclavina del mismo color. Posteriormente el fundador suprimiría ambas.
Marcelino andaba muy atareado en aquellos días y toleraba la ingerencia de Courveille. Éste elaboró un Prospecto para los hermanos y lo sometió a la aprobación del vicario general Cholleton. La habilitación llegaba en julio de 1824. El texto final del Prospecto recortaba el campo de apostolado que Marcelino había propuesto en un borrador anterior. Hay que reseñar el hecho de que dicho documento contiene la primera referencia oficial a los “Hermanitos de María”.

Courveille era un hombre carismático, pero de talante despótico. A menudo demostraba falta de prudencia y sensatez. Esto se puso de manifiesto patentemente en las negociaciones que mediaron con las autoridades locales de Charlieu, cuando Marcelino le pidió ayuda a la hora de establecer una escuela allí. Courveille aprovechó la ocasión para proponer que se construyera un noviciado para los hermanos al propio tiempo. Era la época en que Marcelino estaba derramando sudores en la construcción de la casa del Hermitage.

Por aquel entonces Courveille andaba entusiasmado con la idea de levantar un centro para sacerdotes misioneros. Y también pidió ayuda económica para este proyecto al Ayuntamiento de Charlieu. Pero al final, lo único que quedó en pie de todos aquellos intentos fue la escuela dirigida por los hermanos de Marcelino.

Con todo, por errática que pudiera parecer la conducta de Courveille, lo peor estaba todavía por venir, una vez que todos se hubieron trasladado a la casa del Hermitage.

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