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 Un corazón sin fronteras IVa

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras IVa   Jue Jul 24, 2008 1:20 pm

Capítulo IV

El Instituto comienza su andadura

Bochard era un rival temible. De temperamento nervioso, entrometido por naturaleza, excesivo en la alabanza y en el denuesto, era uno de los tres vicarios generales de Lyon. No gozaba de mucha popularidad entre los curas y apoyaba abiertamente el galicanismo. Estando ausente el cardenal Fesch, era él quien llevaba los asuntos diocesanos.

El vicario estaba decidido a integrar a los hermanos de La Valla dentro de su propia Sociedad. Convocó a Marcelino en Lyon y le expuso sus argumentos. Cuando terminó la entrevista, Bochard estaba seguro de que había aprovechado el día, pero se equivocaba. Marcelino salió más convencido que nunca de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios. No experimentaba ningún deseo de dar una respuesta inmediata a la oferta del vicario. Al contrario, decidió seguir el consejo de los antiguos: apresúrate despacio. Sus asesores, entre los que había algunos sacerdotes que ocupaban cargos en la curia, le animaban a seguir adelante.

La obra de Marcelino continuaba creciendo: en 1822 se abría otra escuela en Saint-Sauveur, importante núcleo comercial de la región. Ello da fe de la alta estima en que se tenía a los hermanos y al trabajo que realizaban.

En la escuela de Marlhes hubo algunos problemas. El párroco Allirot se negaba a mejorar las instalaciones de los hermanos y sus alumnos. El hermano Juan Bautista describe la casa de Marlhes con los términos de “pequeña, húmeda, insana”. Marcelino intervino personalmente y solicitó que se acondicionara debidamente aquella obra. Allirot no dio el brazo a torcer. Entonces el fundador tomó una difícil decisión: retiró a los hermanos de la escuela de su parroquia natal. Marcelino se lo comunicó al cura por carta: “Su casa está en tan malas condiciones que yo no puedo en conciencia dejar allí ni a los hermanos ni a los niños”.

Este incidente nos enseña una lección importante sobre Marcelino. Siendo como era un hombre generoso, también sabía decir “no” cuando era necesario. Si tenemos en cuenta que ni él ni sus discípulos eran en absoluto exigentes, sino todo lo contrario, bien parece que la situación de Marlhes debía ser ciertamente desoladora. La vida de los hermanos del Instituto estaba caracterizada por la sencillez y la pobreza. Sin embargo, el fundador también procuraba que hubiese un alojamiento digno para aquellos cuyo bienestar estaba bajo su responsabilidad.

Era consciente de que ciertas condiciones, tales como unas instalaciones adecuadas, son necesarias para llevar adelante un proyecto educativo. Le gustaba decir que para educar a los niños hay que amarlos. Y enseñarles en unos locales dignos era una manera de manifestar activamente ese amor.

Crisis de vocaciones

Hacia febrero de 1822, la congregación estaba formada por diez hermanos. Sus dones personales eran diversos, y no todos estaban hechos para la clase. Algunos tenían habilidades manuales que producían ganancias, harto necesarias para el sostenimiento de la comunidad, o estaban más capacitados para la administración interna. Por ejemplo, uno de los postulantes era consumado tejedor. Su trabajo reemplazó pronto al de la manufactura de clavos como medio de mantener a los hermanos.

Pero Marcelino estaba preocupado. La fuente de las vocaciones parecía haberse secado. Llegó a preguntarse si el Instituto y su misión tenían futuro. Como de costumbre se encomendó a la Virgen María y le trasladó el problema: “Ésta es tu obra; si quieres que florezca, tendrás que darnos los medios para que así sea”.

En marzo de aquel mismo año un joven solicitó ser admitido en la comunidad. Pertenecía a una prestigiosa familia, conocida por su posición y su religiosidad. El mozo había estado ya seis años con los hermanos de La Salle de Saint-Chamond, pero finalmente le habían devuelto a casa.

Después de tres días de prueba, Marcelino se negó a admitirle en su congregación. El joven volvió a insistir: “¿Me recibirá si le traigo media docena de buenos candidatos?” Persuadido de que sólo un milagro podría producir ese resultado, el sacerdote aceptó la propuesta.

Dos semanas más tarde volvió el individuo por La Valla acompañado de ocho muchachos. Marcelino se quedó estupefacto, sin lugar a dudas. Aunque algunos del grupo le causaron buena impresión, decidió no aceptar a nadie. ¿Por qué? Una razón era que sabía muy poco de ellos; otra, que no había sitio suficiente en la casa para alojarlos.

No obstante, los recién llegados, que también estaban gratamente impresionados con el fundador, le suplicaron una y otra vez que les dejara quedarse. Marcelino reunió a los hermanos más veteranos de la comunidad y les pidió consejo. Éstos, conscientes de que el Padre Champagnat veía la mano de la Providencia en la llegada inesperada de aquel grupo, le aconsejaron que los admitiera, pero también le recomendaron que les sometiera a pruebas especiales para confirmar su vocación.

Quince días después, el líder del grupo se marchaba; otros cinco le seguirían posteriormente. De los tres que quedaron, dos fueron Maristas hasta el final: el hermano Hilarion y el hermano Juan Bautista, que con el tiempo sería asistente del Superior general y primer biógrafo de Marcelino.

La historia tiene otro final feliz añadido. Los ocho muchachos habían sido reclutados en la región del Alto Loira, una zona que – hasta entonces – no estaba en los pensamientos del fundador como cantera de vocaciones. Pronto envió allá a un promotor para sondear el ambiente. Al cabo de seis meses, más de veinte postulantes procedentes de aquella región habían ingresado en el grupo. Durante los años siguientes, Marcelino repetiría una y otra vez que había sido Nuestra Señora del Puy la que se los había enviado.

Otros avatares

En abril de 1822 se presentó inesperadamente en La Valla el inspector Guillard, de la Academia de París. ¿Con qué objeto? Investigar ciertas informaciones que le habían llegado sobre una supuesta enseñanza clandestina del Latín. Sólo la Academia, consejo escolar de clasificación, podía autorizar esa instrucción. Era un privilegio que la entidad mantenía celosamente.

El inspector se llevó una gran decepción, porque no encontró ni estudiantes ni señal alguna de que allí se enseñase latín. Los rumores eran totalmente infundados.

Lo que sí descubrió Guillard era que Marcelino – hasta el día de la fecha – no había solicitado la autorización legal para el Instituto que había fundado cinco años antes. Este descuido sorprendió al inspector. Cuando le preguntó sobre ello, el sacerdote le explicó llanamente que primero quería estar seguro de que su obra iba a seguir adelante, luego ya vendría la aprobación. Aquí vemos una vez más el realismo y el sentido práctico de Marcelino: conseguir la autorización para una aventura que podría venirse abajo finalmente, no pasaría de ser una vana satisfacción personal.

Antes de marchar, el inspector se dio una vuelta por las dependencias donde residía Marcelino con sus hermanos. Aquello no le impresionó: “Visitamos la casa de la congregación – escribiría en su informe – y todo daba sensación de pobreza, incluso de bastante desorden”. Tenemos que decir, en defensa del cuidado de las cosas por parte de los primeros hermanos, que por aquel entonces se estaba acondicionando un nuevo comedor, debido al aumento de los postulantes, y que también se estaban haciendo obras en el granero con el fin de añadir espacio para dormitorio.

Pero que no quepa la menor duda de que Marcelino y sus discípulos vivían con extrema sencillez. El hermano Lorenzo, seguidor temprano y fiel del fundador, describía las circunstancias materiales de la primera comunidad con estas palabras: “Éramos muy pobres en los comienzos. Comíamos un pan que tenía aspecto de tierra, pero nunca nos faltó lo necesario”. A pesar de la austeridad, el espíritu de generosidad y el buen humor que caracterizaba a aquel grupo de jóvenes no declinó en ningún momento.

Otra vez a vueltas con Bochard

El vicario general se enteró de que ocho aspirantes habían entrado en la congregación de Marcelino y que iban a venir varios más. ¿La fuente de información? El párroco Rebod. Temeroso éste de que, si el naciente Instituto al final se venía abajo, le podría tocar a él alguna responsabilidad financiera para con los jóvenes discípulos de Marcelino, escribió una carta incendiaria al vicario. Consciente de que la fundación de Marcelino estaba en plena expansión, Bochard juzgó que había llegado el momento de actuar.

El vicario respondió a la carta del párroco. Sin revelar su contenido, Rebod trató de intimidar a Marcelino advirtiéndole que el desacato a las directrices de la curia podría costarle la suspensión de sus funciones sacerdotales. Cuando el coadjutor conoció los detalles de la carta finalmente, se dio cuenta de que las imputaciones que se le hacían eran absolutamente falsas. Se puso en contacto con la oficina del vicario y concertó una entrevista.

No estamos seguros de la fecha de este segundo encuentro entre Marcelino y Bochard. Es muy probable que tuviera lugar en noviembre de 1822. El coadjutor se dio cuenta, desde el primer momento, de que el vicario estaba muy bien informado. Por ejemplo, podía señalar sobre un mapa, uno tras otro, los lugares en los que los Hermanitos de María habían establecido escuelas. Bochard recomendó una fusión inmediata entre los hermanos de Marcelino y su propia Sociedad de la Cruz de Jesús. ¿Qué razón aducía? La autorización legal, de la cual él disponía y el coadjutor, convencido ya de que su congregación seguiría adelante, tanto deseaba. Marcelino evitó formular compromiso alguno, y salió de allí tan rápidamente como se lo permitía la cortesía. Sabía, desde luego, que no era la última vez que veía a Bochard, y que no estaba a salvo de sus intrigas.

Pero tampoco estaba totalmente indefenso. Bochard era uno de los tres vicarios, y los otros dos tenían una postura favorable a Marcelino y su obra. Al terminar el segundo encuentro con Bochard, el fundador concertó entrevista con el reverendo Courbon, primer vicario general.
Marcelino fue sincero con Courbon desde el principio: “Usted conoce mi proyecto y todo lo que he trabajado. Déme su opinión con franqueza. Yo estoy dispuesto a abandonarlo si usted así lo desea. Sólo quiero cumplir la voluntad de Dios”. El vicario no fue menos expresivo: “No sé por qué andan molestándole de esa manera. Usted está llevando a cabo una tarea muy útil al formar buenos maestros para nuestras escuelas. Siga adelante como hasta ahora. No se preocupe por lo que diga la gente”.

El siguiente encuentro con el vicario tendría lugar un año más tarde. Pero entretanto hubo un suceso que arroja más luz, si cabe, sobre el carácter y la espiritualidad del fundador de los Hermanitos de María.

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