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 Un corazón sin fronteras IIIb

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras IIIb   Jue Jul 24, 2008 1:19 pm

Marcelino y Juan Bautista Montagne

Poco después, el 28 de octubre de 1816, ocurrió un suceso que movió definitivamente a Marcelino a poner en marcha su proyecto. Le llamaron para que fuera al caserío de un carpintero de Les Palais, pequeño núcleo situado más allá del Bessat. Allí un joven de diecisiete años se estaba muriendo. El muchacho ignoraba por completo las verdades de la fe. Marcelino le enseñó, le escuchó en confesión y le preparó a bien morir. Luego salió para visitar a otro enfermo de las cercanías. Cuando volvió al caserío de Montagne, le dijeron que Juan Bautista ya había muerto.

Este encuentro transformó a Marcelino. El desconocimiento que el muchacho tenía sobre Jesús le convenció de que Dios le llamaba a fundar una congregación de hermanos que evangelizaran a los jóvenes, en especial a los más desatendidos. En el tiempo que invirtió de regreso a la casa parroquial, ya tenía la decisión tomada: invitaría a Juan María Granjon a convertirse en el primer miembro de su comunidad de hermanos educadores.


El primer discípulo

Juan María aceptó la invitación del coadjutor el 28 de octubre de 1816. Estaba deseoso de dedicarse plenamente a la tarea. Ése fue el primer paso de la fundación de los Hermanitos de María. El siguiente paso vendría enseguida.

Había una casita en venta, cerca de la casa cural. Marcelino quería comprarla, pero el párroco Rebod se oponía a la mudanza. Sin embargo, Marcelino consiguió un préstamo de Juan Claudio Courveille por valor de la mitad del precio de la venta. Courveille era a la sazón coadjutor de la cercana población de Rive-de-Gier, y con este préstamo dejaba clara la diferencia entre las fundaciones de ambos. Marcelino firmó un contrato provisional con Juan Bautista Bonner, el propietario, y se dedicó a acondicionar la vieja casa. Hizo también dos camas de madera y una pequeña mesa de comedor. Si ya estos comienzos llenaban de ilusión al joven fundador, un acontecimiento mucho más prometedor se añadió pronto: otra nueva vocación.

La comunidad empieza a crecer

Juan Bautista Audras, el futuro hermano Luís, no tenía aún los quince años de edad cuando pidió ingresar en los hermanos de la Salle de Saint Chamond. Viendo que todavía era muy joven, le aconsejaron que siguiera madurando la vocación con su confesor. La providencia quiso que dicho confesor no fuera otro que el coadjutor de La Valla. El muchacho manifestó a Marcelino su decisión de consagrarse al Señor. El sacerdote habló con él, se entrevistó con sus padres, y después de reflexionar serenamente en la oración sobre ello, invitó al joven Audras a unirse a Granjon.

Dos meses después los arreglos de la casa estaban terminados. Aquellos primeros discípulos se fueron a vivir allí el día 2 de enero de 1817. Desde entonces y hasta hoy, la casita de Bonner ha sido considerada entre los hermanos Maristas como la “cuna” del Instituto, y el día 2 de enero de 1817, como la fecha fundacional de los Hermanitos de María. Sus miembros habían de abrazar una espiritualidad caracterizada por la experiencia de la presencia de Dios, la confianza en la protección de la Virgen María y la práctica de las “pequeñas” virtudes de humildad y sencillez.

A partir de entonces Granjon y Audras compartieron la vida en la casa. Marcelino les enseñaba a leer y les formaba en las habilidades que tendrían que mostrar para educar a los niños. También les fue formando en la oración les enseñó a fabricar clavos para colaborar, con su venta, en el sostenimiento de la comunidad.

Los dos jóvenes aspirantes asistían al coadjutor en las tareas pastorales. Visitaban y ayudaban a los ancianos de los caseríos, recogían leña para los necesitados y les llevaban comida con regularidad.

El fundador forma a sus hermanos

Marcelino encargó a Claudio Maisonneuve, un exhermano de La Salle, la instrucción pedagógica de sus discípulos para que se iniciasen en la teoría y la práctica de la docencia. Pero Marcelino se reservó para sí la tarea de la formación religiosa y la preparación de base. Era un catequista consumado y también les ayudaba a avanzar en los conocimientos generales.
No tardó en aparecer por allí alguien que luego se convertiría en la tercera vocación de los Hermanitos de María de una manera inusual. Se trataba de Juan Claudio Audras que llegó a La Valla con un encargo concreto de sus padres: reclamar a su hermano Juan Bautista y llevárselo a casa. Pero éste no tenía ningún deseo de volver con su familia y rogó insistentemente a Marcelino: “Mi hermano ha venido para llevarme a casa, pero yo no quiero ir. Por favor, diga a mis padres que me dejen tranquilo”.

Mientras trataba de calmar al muchacho, Marcelino estuvo dialogando con Juan Claudio, y acabó convenciéndole de que también él tenía cualidades para llegar a ser un buen religioso. De tal manera que, en lugar de llevar a cabo el recado que sus padres le habían dado, el mozo decidió quedarse a vivir con su hermano pequeño y con Granjon. Y parece que no hubo desacuerdo por parte de la familia ya que Juan Claudio se convirtió en el tercer miembro de la comunidad desde diciembre de 1817. Posteriormente tomaría el nombre de hermano Lorenzo. En el transcurso de los seis meses siguientes aparecieron tres nuevos candidatos, entre ellos Gabriel Rivat, conocido después como el hermano Francisco, que sería veinte años más tarde el sucesor de Marcelino Champagnat en calidad de superior de los hermanos. Para junio de 1818, eran ya seis los jóvenes que vivían en la que fuera casa Bonner de La Valla.

Comienzo del apostolado

En aquella época la escolaridad en Francia se limitaba a los meses de invierno, debido a que cuando llegaba el buen tiempo todos los brazos eran necesarios en casa para las labores de la granja. Por eso mismo, en mayo de 1818, habiendo concluido su trabajo por los caseríos, Maisonneuve pudo volver a La Valla para el período de verano. Se puso en marcha una pequeña escuela mixta en la casa de los hermanos, bajo su dirección. Ellos aprendían observando cómo hacía el maestro y ayudándole en la medida de sus posibilidades.

Cuando Maisonneuve marchó definitivamente, Marcelino mantuvo la escuela y nombró director a Juan María Granjon, primer miembro del Instituto. Juan María se entregó plenamente a la tarea que se le había encomendado entre aquellos niños, muchos de los cuales eran huérfanos y abandonados.

Con el paso de los días se iba haciendo cada vez más notorio el buen hacer de los hermanos en las clases y por los caseríos. El cura Allirot, el que había bautizado a Marcelino, le pidió que abriera una escuela en Marlhes. A fines de 1818 dos hermanos acudieron allá con esa misión.


La vida comunitaria toma forma

La vida comunitaria se desarrollaba al mismo tiempo que lo hacía la escuela de La Valla. A instancias de Marcelino los hermanos eligieron un superior, recayendo esa función en Juan María Granjon, que era el mayor de entre ellos. Se elaboró un reglamento diario, que comenzaba a las cinco de la mañana. A esa hora se levantaban para tener juntos un rato de oración. Ellos mismos se preparaban la comida, siguiendo riguroso turno uno por uno. De todos modos, es probable que los jóvenes discípulos de Marcelino no llegaran jamás a las altas cumbres del arte culinario, ya que la dieta se circunscribía a un ciclo bastante repetido de sopa, legumbres y queso.

Un buen día, el coadjutor también se mudó de la casa parroquial para irse a vivir con sus hermanos. Este paso constituye otro momento decisivo en el itinerario espiritual de Marcelino. Con la mirada de la fe podemos entrever que el sacerdote no dudaba, una vez más, en abrazar la misión a la que Dios le llamaba

Aunque el párroco Rebod le dio permiso para efectuar el cambio, no dejó de advertirle que se iba a cansar pronto de vivir en aquellas condiciones de pobreza. A los hermanos les llenó de alegría ver entre ellos al fundador, trabajando y rezando con ellos, compartiendo el mismo alimento, organizando las cosas y ayudándoles en su formación pedagógica. No sabemos si el espíritu de igualdad y fraternidad había hundido sus raíces en la Francia del siglo XIX, pero lo cierto es que sí que estaba entretejiendo ya la hermosa tapicería que constituiría, con el tiempo, el distintivo y característica del estilo de vida de los Hermanitos de María.

Antes de seguir adelante, añadamos unas palabras sobre el párroco Rebod. A pesar de que el hombre fue, a menudo, una verdadera cruz para su coadjutor, tenemos que inspirarnos en los sentimientos de compasión de Marcelino para juzgarle. Está claro que Rebod era un espíritu desasosegado e infeliz. Abusaba del alcohol. En otra época habría obtenido ayuda más especializada para su problema. Incluso podría haber dado otro rumbo a su vida. No sabemos en cuántas almas tuvo una influencia positiva. Tuvo que haberlas. Para Marcelino, en cambio, fue con frecuencia una fuente de tensión. Pero el joven coadjutor nos ha dejado el ejemplo de haber sabido responder al antagonismo de Rebod con paciencia y comprensión.

El problema del dinero

Aunque Marcelino era un cuidadoso administrador de los bienes, el dinero vino a ser un problema permanente para la pequeña comunidad. El trabajo manual, característico entre los hermanos, contribuía a recortar los gastos. Los ingresos obtenidos con la manufactura de clavos, el modesto sueldo de cura de Marcelino y las donaciones de algunos parroquianos, ayudaban a la comunidad a mantener la cabeza financiera fuera del agua.

El fundador enviaba a sus discípulos, cuando estimaba que estaban ya preparados, a los poblamientos rurales cercanos y a las localidades de La Valla y Marlhes. Los Hermanos acudían llenos de fervor, afecto fraternal y celo apostólico.

Todo eso iban a necesitar en los tiempos que se avecinaban. Más allá de las montañas que rodean La Valla, en la sede episcopal de Lyon, se estaba fraguando la adversidad para la joven comunidad. En medio de todas las intrigas había un hombre, el mismo vicario general que tanto interés había mostrado en los planes de Juan Claudio Courveille y su idea de establecer una nueva congregación religiosa. Estamos hablando de Juan Claudio Bochard.

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