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 Un corazón sin fronteras IIIa

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras IIIa   Jue Jul 24, 2008 1:20 pm

Capítulo III

Joven sacerdote y joven fundador

Uno se pregunta si la adversidad era compañera de ruta de Marcelino. Ya hemos visto cómo su camino hacia el sacerdocio estuvo sembrado de obstáculos. Volvería a encontrárselos de nuevo en la persona de Juan Bautista Rebod, párroco de La Valla, su primer destino.

Rebod era un hombre desafortunado. Si la Iglesia no hubiese quedado desolada tras la Revolución, seguramente en el seminario le habrían aconsejado tomar otros derroteros distintos del sacerdocio. Pero, al contrario, le dieron una formación rápida, fue ordenado y le pusieron de párroco en La Valla en 1812.

El hombre sufría de artritis y tenía un tartamudeo al hablar, bebía en exceso y hacía poca cosa para animar la vida de la parroquia. Cuando Marcelino llegó allí en 1816, encontró mucho deterioro y desorden tanto en la casa cural como en la Iglesia.
Más grave aún, a causa de la desidia de Rebod, la comunidad parroquial se encontraba en estado deplorable. La codicia, la rivalidad y la falta de amor por los demás corroían las relaciones personales; había mucha dejación de los deberes religiosos en la práctica de la fe. El párroco, incapaz de superar, sus propios problemas personales, andaba perdido sin saber qué hacer.
La Valla tampoco era Marlhes. El entorno de las dos regiones difería considerablemente. El término La Valla, que tiene que ver con "valle", es ciertamente un eufemismo cuando se aplica al panorama de los montes del Pilat. Allí no proliferan los terrenos de cultivo rodeados de suaves colinas, más bien son la excepción en aquella zona escarpada. La visión más habitual, la forman los barrancos, las rocas y arroyos de montaña que caen con rapidez arrastrando piedras y tierra. En los tiempos del joven coadjutor, algunos lugares eran prácticamente inaccesibles por falta de caminos adecuados. Sin duda alguna le tocó a Marcelino un destino dificultoso, situado en medio de un paisaje abrupto.
La gente de La Valla y la Revolución
Una cierta sencillez caracterizaba la vida en La Valla. Durante los meses de verano el trabajo exterior ocupaba el día entero. Con el invierno llegaban los largos anocheceres, dedicados a tejer, a reparar las herramientas y a la tertulia junto a la chimenea. Los vecinos se reunían para charlar, cantar o ayudar en las tareas. La unidad familiar se mantenía sólida.
La Revolución supuso alguna amenaza para este modo de vida que estaba ampliamente asumido, los hombres se veían forzados a acudir a los mítines, y pasaban menos tiempo en casa. Unos se iban a la taberna a beber, a discutir de política, leer los periódicos o escuchar su lectura. Otros invertían su tiempo elaborando pasquines y manifiestos impresos rudimentariamente. Se hablaba de la emancipación de la mujer.
Prácticas de ascetismo

Para mantener encendido su fervor personal, el joven sacerdote se marcó un riguroso plan de vida ascética. Se levantaba a las cuatro de la madrugada y comenzaba la jornada con media hora de meditación. Antes de la misa se recogía en oración durante quince minutos. A pesar de trabajar intensamente en el apostolado de la parroquia, todavía encontraba tiempo para estudiar teología al menos por espacio de una hora diariamente. Los viernes ayunaba y visitaba puntualmente a los enfermos de la parroquia.

La práctica de la presencia de Dios centraba cada vez más la vida espiritual de Marcelino. Sin embargo no le resultaba fácil llegar a una relación cada vez más profunda con Jesús y María; en ese sendero tropezaba con tramos accidentados.

El coadjutor

Marcelino se esforzaba por adquirir un talante comprensivo, y tenía buenas razones para empeñarse en ello. Frecuentemente le llamaban para atender a personas que se enzarzaban en riñas acaloradas. En esas situaciones, su espíritu conciliador, el carácter animoso y la sencillez personal contribuían a lograr la reconciliación.

El joven sacerdote tenía también un don especial para corregir a la gente de una manera que resultaba asimilable. Sabía reprender sin lesionar la autoestima. En consecuencia, muchos de sus parroquianos acabaron aceptando fallos personales que anteriormente nunca habían querido admitir cuando fueron otros los que se lo advertían.

Por necesidad y por temperamento, Marcelino pasaba horas preparando sus sermones. Estudio, reflexión y oración eran los ingredientes que ponía en estas lecciones. Al principio sus sermones eran sencillos y cortos; los feligreses estaban impresionados. El coadjutor amenizaba sus instrucciones con episodios de la vida diaria en la aldea. Dicho en otras palabras, Marcelino hablaba en el lenguaje de la gente a la que había ido a servir; de esa manera, cuando predicaba el mensaje de Jesús, sus palabras entraban en el corazón de los fieles.

Pero donde mejor desempeñaba su labor pastoral era en el confesionario. A pesar del rigorismo de la formación recibida en el seminario, Marcelino supo mantener un espíritu de compasión, prudencia y comprensión ante las debilidades humanas.

De todos modos, era un hombre de su época. Por ejemplo, la costumbre del baile había sido siempre un pasatiempo preferido de la gente de La Valla. Pero cuando los ejércitos de Napoleón volvieron de los Estados Germánicos. trajeron de allí una nueva forma de bailar: el vals. En las danzas tradicionales de la región, las parejas raramente se tocaban, y aún así era sólo para tomarse de la mano ligeramente, lo cual difícilmente podría suscitar pasiones. Pero en el vals había que abrazarse y moverse al unísono.

Es probable que Marcelino, fiel a la formación recibida y al espíritu de los tiempos, se opusiera tenazmente a este tipo de baile. El hermano Juan Bautista señala que esa oposición se manifestaba de forma activa cada vez que se organizaba una fiesta en la que se iba a bailar el vals.

Rebod, el párroco, continuaba siendo una espina en la vida del joven coadjutor. Marcelino nunca fue un soñador indolente, prefería actuar para convertir en realidad los sueños. Pero a los ojos del párroco, sus iniciativas sólo servían para perturbar la vida parroquial de La Valla. Molesto por la actividad del coadjutor, o quizá celoso por la relación cordial que mantenía con los feligreses, Rebod no perdía ocasión de criticarle o trataba de humillarle en público. Pero a pesar del antagonismo del párroco, Marcelino ganaba los corazones de los que venían a rezar con él o a escuchar sus predicaciones

Posteriormente, cuando el joven sacerdote comenzó con su grupo de hermanos, Rebod se opuso frontalmente al proyecto, y no desperdiciaba la oportunidad de manifestarlo públicamente buscando intimidar o desconcertar a su iniciador.

Marcelino respondía a esta hostilidad con un admirable control de sí mismo, tratando de ayudar a su párroco con la oración y aconsejándole respetuosamente. Llegó incluso a privarse del vino en las comidas esperando que el buen ejemplo pudiera ayudar al compañero. Pero a pesar de los esfuerzos del coadjutor, al final no hubo solución. Las protestas contra el párroco se hicieron cada vez más frecuentes y clamorosas, y así continuaron entrados ya en 1824. En junio de ese año, la autoridad diocesana retiró a Rebod de la parroquia. Seis meses más tarde moría a la edad de cuarenta y ocho años.

Necesitamos Hermanos

Como antes hemos dicho, Marcelino conocía bien la carencia de escuelas que padecía Francia, sobre todo en las zonas rurales. Un informe sobre la educación en el Departamento del Loira, al que pertenecía La Valla, decía a este respecto: “Los jóvenes viven en la más profunda ignorancia y malgastan su tiempo de una manera alarmante”.

Los maestros no disfrutaban de mucha consideración. En un documento se les describía como unos “borrachos, irreligiosos, inmorales, la escoria de la raza humana”. Hemos de admitir que el panorama educativo mejoró algo bajo el directorio de Napoleón y también después de la llegada de Luís XVII al trono. La Ordenanza de febrero de 1816 autorizaba la edición de libros de texto adecuados, el establecimiento de escuelas piloto, y fijaba el sueldo de los maestros. Daba también un fuerte impulso a la educación primaria: se pidió a cada parroquia que se hiciera cargo de dotarla. Los niños cuyas familias no podían costear sus estudios, recibirían educación gratuitamente. El clima era propicio para que Marcelino llevase a cabo su proyecto.

Pero él no quería solamente ofrecer mejores oportunidades educativas a los jóvenes. También le preocupaba su formación religiosa y su conocimiento de Dios. Se le oía decir con frecuencia: “No puedo ver un niño sin sentir deseos de darle a conocer cuánto le ha amado Jesucristo y cuánto debe amar él a su Salvador”.

El joven sacerdote veía igualmente la educación como un medio de armonizar fe y cultura. El hermano Juan Bautista nos dice: “Al fundar su Instituto, el padre Champagnat tenía en la mente más intuiciones que la única de procurar educación primaria a los niños o incluso la de enseñarles los principios de la religión. Decía: “Aspiramos a más, queremos educar a los niños, instruirles en sus deberes, enseñarles a cumplirlos, infundirles un espíritu cristiano, y formarles en las costumbres y en las virtudes que debe tener un buen cristiano y un buen ciudadano”.

Aunque ya existían dos escuelas en la parroquia de La Valla, Marcelino no abandonó su idea de establecer un grupo de religiosos educadores como parte de la Sociedad de María. Hacía tiempo que le había sorprendido gratamente la piedad y la buena conducta de un joven parroquiano de veintidós años llamado Juan María Granjon, que había sido soldado de la Guardia Imperial de Napoleón.

Cierto día, el joven vino a buscar al coadjutor para que acudiese a visitar a un enfermo de su vecindad. Durante el camino, Marcelino fue observando el carácter y la disposición de su acompañante. Y quedó tan complacido de las respuestas que Granjon iba dando a sus preguntas que, al día siguiente, aprovechando una nueva visita al enfermo, le entregó un ejemplar de El Manual del Cristiano.

El mozo se negó a tomar el libro indicando que no sabía leer. Pero el coadjutor no se desalentó por ello y le dijo: “Es igual, cógelo. Puedes usarlo para aprender a leer. Yo mismo te daré lecciones si quieres”. Granjon aceptó el ofrecimiento del cura.

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