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 Un corazón sin fronteras II

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras II   Jue Jul 24, 2008 1:18 pm

Capítulo II

Los años del seminario

El reverendo Périer era el alma del seminario de Verrières. Aquello se había instalado de modo provisional y no reunía condiciones. La mayoría de los seminaristas se alojaban en una casa parroquial que era amplia pero estaba bastante destartalada. Para los que no cabían allí, hubo que habilitar espacio en un granero próximo. En la época de Marcelino, el número de residentes rondaba entre los ochenta y los cien jóvenes.

Él era mayor que la media de sus compañeros. Si en los estudios no destacaba, sobresalía, en cambio, en las tareas que requerían habilidad manual. Por decirlo en pocas palabras, allí donde surgía un quehacer que exigía fuerza, él daba la nota. A lo largo de los años de seminario, tuvo que luchar contra esa tendencia a desviarse en exceso hacia el trabajo físico, con el que conseguía resultados más tangibles que con el esfuerzo intelectual.

Marcelino terminó el primer año con negros nubarrones en el horizonte. El reverendo Périer dictaminó que no le veía capacitado para el sacerdocio. Y añadía en su comunicado al joven y a su madre que desaconsejaba absolutamente el regreso al seminario para el curso siguiente. María Teresa se llevó una gran decepción, pero inmediatamente se propuso resolver esta crisis surgida en la vida de su hijo.

Su primer recurso fue acudir a la oración. Madre e hijo hicieron juntos otra peregrinación a la tumba de San Juan Francisco Regis. Una vez efectuado el viaje, María Teresa utilizó otros medios más humanos para apoyar la causa del muchacho. El párroco Allirot estaba bien relacionado con el seminario, y ella le convenció de que tenía que intervenir. De la misma manera consiguió la ayuda del padre Linossier, miembro reciente del grupo de formadores de Verrières y persona muy respetada y cualificada. Merced al esfuerzo combinado de estos dos hombres, el rector revocó su decisión y volvió a admitir al joven.

El problema de Marcelino continúa

Este segundo año,el de 1806, comenzó con mejores auspicios que el primero. A pesar de que la clase era ahora más numerosa, el profesor Sr. Chomarez puso todo el empeño en mejorar la disciplina y conseguir que el latín fuese alcanzable para aquellos que deseaban en serio aprender la materia. El joven, a pesar de sus deficiencias gramaticales, aceptó el desafío.

Por esta época Marcelino estaba atravesando un período de juventud, caracterizado por amistades gregarias en las que no faltaba la juerga irreflexiva. Por ello pasó a formar parte de un grupo conocido como “La banda alegre”, compuesto por seminaristas que recorrían las tabernas de la localidad en las horas libres.

Pero según transcurría el año, fue adoptando un estilo de vida más austero. Continuó dedicándose con constancia a sus estudios del segundo curso del seminario. Hubo también dos acontecimientos que tuvieron lugar en el verano siguiente y que contribuyeron igualmente a atemperar su conducta expansiva. El primero fue la muerte repentina de su amigo Denis Duplay, acaecida el 2 de septiembre de 1807. El segundo fue una seria conversación mantenida con el reverendo Linossier, inspector del Seminario, que le planteó sin rodeos la necesidad de mejorar su actitud.

No cabe duda de que el fallecimiento de su madre, en 1810, influyó también en este cambio de Marcelino. Ella había desempeñado un papel importante en el impulso de su vocación sacerdotal, y cuando murió, el joven redobló sus esfuerzos en el seminario menor.

Según iba dando los primeros pasos en el proceso de su formación sacerdotal, Marcelino se fue haciendo más receptivo a la gracia transformadora de Dios en su vida. El Señor se sirvió de medios muy humanos para orientar la mente, el corazón, el espíritu y las energías del futuro santo hacia un único objetivo: amar a Jesús y ayudar a los demás a amarle también.

Los últimos años de Marcelino en Verrières

En 1810 entró en el seminario Juan Claudio Courveille. Este joven iba a jugar un papel central, años más tarde, en la primera andadura del movimiento marista. Marcelino continuó luchando con su autodisciplina. No siempre lo hacía con éxito. A lo largo de su estancia en Verrières, sin embargo, se acostumbró a pedir ayuda a Dios en todo momento. Esta confianza en Dios estaba ya conformándose como una de las piedras angulares de su espiritualidad.

Los años del seminario menor, ocho, fueron difíciles. El alojamiento y la alimentación dejaban mucho que desear. Así aprendió a hacerse fuerte. Ésa fue una lección importante y que le serviría de mucho en el futuro. Al cabo de unos meses pasó al seminario mayor de San Ireneo. Para un observador perspicaz, había ya algo que era obvio: desde un oscuro rincón de la Francia de principios del siglo XIX, el que habría de ser el fundador de los Hermanitos de María, estaba ya comenzando a cosechar los frutos de lo que con tanto esfuerzo había ido sembrando.

San Ireneo, el seminario mayor

El seminario mayor de San Ireneo estaba ubicado cerca de Lyon, la ciudad en la que confluyen dos ríos: el Saona y el Ródano. La basílica de Nuestra Señora de Fourvière, enclavada en lo alto de una escarpadura sobre la ciudad, domina la panorámica. La devoción a María ha sido siempre una característica de las gentes de la región. ¿Qué puede extrañar, por tanto, que Marcelino estrechara más si cabe sus vínculos con la Buena Madre durante los años transcurridos en San Ireneo?

Francia se vio convulsionada por cambios políticos vertiginosos en 1814. La onda expansiva de estos acontecimientos en cadena llegó también a los pasillos de San Ireneo. Napoleón abdicó el 6 de abril de 1814. Su tío, el cardenal Fesch, salió inmediatamente para Italia. Los Borbones retornaron al trono de Francia.

Los seminaristas, en su mayoría, se habían posicionado en contra de Napoleón. Por esta razón, a lo largo de 1814, una buena parte de su tiempo se perdía en discusiones y debates. Un historiador de esa época lo describe como “un año horrible”, un año en el que dentro del seminario se hablaba más de política que de teología.

A pesar del torbellino, Marcelino andaba muy alejado de aquellas cuestiones. Daba la impresión de estar deliberadamente al margen de ese tipo de compromiso. Y no era el único. Juan Claudio Colin, futuro fundador de los Padres Maristas y compañero de Marcelino en San Ireneo, alude a 1814 calificándolo de “año maldito”.

De todos modos, y a pesar del malestar ambiental de la época, el seminario de San Ireneo será siempre recordado como un lugar significativo por los frutos que en él se produjeron. San Juan María Vianney, que luego sería el cura de Ars, se contaba entre los compañeros de grupo de Marcelino.

El camino a la ordenación sacerdotal

Los superiores y formadores de San Ireneo tenían a Marcelino en gran estima. Y la impresión general sobre él era muy favorable. Un breve repaso de algunas de las resoluciones tomadas en el año 1814 por el joven seminarista, nos permite conocer aspectos de su itinerario espiritual en ese momento de su vida.

La práctica de la caridad aparece repetidamente puntualizada. El ambiente de discusiones políticas que caracterizaba la vida del seminario por entonces, sin duda tuvo que ver en la orientación de esa resolución. Podemos igualmente advertir en sus notas que la preparación para el sacerdocio le llevaba a “la negación de sí mismo, a la renuncia, a una vida de oración, de regla y de estudio”.

Los propósitos que tomaba para el tiempo de vacaciones destacan el aspecto de la oración habitual y el ejercicio de la presencia de Dios. El seminarista organizaba cuidadosamente su vida espiritual durante aquellos períodos de descanso: oración, ayuno, visita a los enfermos, catequesis a los jóvenes. Aludiendo a su habilidad con los muchachos, Juliana Epalle – vecina de Champagnat y cuyo testimonio fue incluido en el proceso de beatificación- refería: “Enseñaba tan bien que, a menudo, tanto los adultos como los jóvenes permanecían hasta dos horas seguidas escuchándole sin aburrirse”.

Marcelino estimaba el amor a los demás como una medida de su amor a Dios. Ponía mucho énfasis en que hubiera armonía en el seno de la familia. Posteriormente, siendo ya sacerdote, también se distinguiría por su discernimiento prudente y delicado en cuestiones de conciencia. En La Valla, que fue su primer destino de cura, dejó un imborrable recuerdo como consejero, confesor y afable pastor de almas.

El movimiento Marista se pone en marcha

La Revolución Francesa había iniciado una oleada de persecución contra la Iglesia Católica. Las órdenes religiosas declinaron rápidamente en número e influencia.

Por el contrario, la Restauración puso en marcha un flujo de actividad religiosa. Muchas congregaciones que habían sido suprimidas volvieron a emerger, y otras distintas surgieron por doquier. El reverendo Bochard, uno de los vicarios generales de la diócesis de Lyon, también estaba decidido a fundar una nueva congregación. Finalmente formó un grupo llamado la Sociedad de la Cruz de Jesús. Vio en el seminario un campo fértil para obtener vocaciones con las cuales engrosar su pequeña banda. Con la esperanza de que así fuera, recurrió a la ayuda inestimable de un seminarista llamado Juan Claudio Courveille.

Courveille había nacido en una acomodada familia de comerciantes. Cuando fue al seminario llevaba consigo alguna historia personal. A la edad de diez años, por ejemplo, había contraído una seria dolencia ocular a causa de un brote de viruela. Su madre, preocupada por la visión del hijo, le llevó al santuario de Nuestra Señora del Puy. Allí, en 1809, a la edad de 22 años, se le curó la ceguera tras ser ungido con aceite de una lámpara del santuario, aplicado sobre sus ojos enfermos. Este suceso indujo a Courveille a dedicar su vida al servicio de María. Años más tarde proclamaría que había escuchado una voz en la fiesta de la Asunción de 1812, que le llamaba a fundar la Sociedad de María. La finalidad de este grupo era concreta: hacer para la Iglesia del siglo XIX en Francia lo que los Jesuitas habían hecho por la Iglesia en el siglo XVI.

Bochard estaba deseoso de hablar con Courveille, sobre todo cuando supo los planes que tenía el joven de fundar una congregación. Ya que aquél, como antes hemos dicho, andaba madurando la idea de establecer su propia asociación religiosa, pensó que podría fusionar los dos proyectos.

El vicario general animó a Courveille a buscar miembros para el grupo Marista que tenía en mente. Las intenciones de Bochard, sin embargo, no eran puras como la nieve: se dedicó a evaluar a cada uno de los hombres en los que se iba fijando Courveille, con ánimo de cogerlos finalmente para la Sociedad de la Cruz de Jesús.

Ajeno a los esquemas del vicario, Courveille continuó con su búsqueda de vocaciones y en poco tiempo había reunido quince candidatos. Todos ellos en edades entre los veinte y los treinta años, y que procedían, mayormente, de familias francesas campesinas. Estos hombres pasaron el curso 1814–1815 profundizando en los principios fundamentales de la nueva Sociedad. Ésta se compondría de sacerdotes, hermanos auxiliares, hermanas y hombres y mujeres seglares. El grupo de sacerdotes constituiría el núcleo de la Sociedad.

Ya desde los primeros diálogos, Marcelino propugnó la idea de introducir otra rama en la Sociedad, una que estuviese formada por hermanos educadores. Sus compañeros de seminario no mostraban excesivo entusiasmo ante ese plan. Ahora ya sabemos que Marcelino, aparte de otras cosas, era un espíritu tenaz. Se mantuvo firme en sus pensamientos, y finalmente los otros accedieron: la Sociedad de María incluiría entre sus miembros un grupo de hermanos dedicados a la enseñanza. De todos modos, la responsabilidad de llevar adelante el proyecto quedaba en las manos del que había propuesto la fundación.

¿De dónde venía esa insistencia de Marcelino para que el grupo de hermanos formara parte de la nueva Sociedad? Antes que nada, él quería atender la lacerante falta de educación religiosa que se daba en aquellos tiempos. El hermano Juan Bautista pone en boca de Marcelino estas palabras: “Necesitamos hermanos que enseñen el catecismo, que ayuden a los misioneros y que dirijan escuelas”. Su sueño era ambicioso: dar a conocer a Jesús y hacerlo amar entre los jóvenes, particularmente los más desatendidos.

Podemos encontrar otras razones que nos llevarían a recordar las experiencias personales de Marcelino, sus peleas con el francés, su falta de base académica a la hora de ir al seminario, el sonrojo que debió experimentar al compartir las clases con compañeros más jóvenes y mejor preparados.

En 1815 el gobierno había admitido también que existía déficit de escuelas en Francia. El Comité de Instrucción Pública, que se había tomado el deber de organizar la educación en todo el país, presionó a los ayuntamientos para que se adoptaran medidas tendentes a garantizar la enseñanza primaria a todos los niños de la localidad, y que ésta fuera gratis para los pobres.

Ya se habían dado algunos pasos iniciales para atajar la crisis educativa del país. Napoleón había rehabilitado a los hermanos de La Salle en 1803 junto con algunas congregaciones religiosas femeninas. Aunque Marcelino valoraba el trabajo de aquéllos, sabía que sus esfuerzos estaban concentrados en los muchachos de las áreas urbanas. Y suspiraba por poder brindar las mismas oportunidades a los jóvenes de los caseríos, aldeas y pequeños poblados de la montaña.

También es posible que Marcelino estuviese al corriente de los detalles de la Real Ordenanza del 29 de febrero de 1816, mediante la cual se ofrecían subvenciones para los que quisieran colaborar en el campo de la educación. Todos estos factores le impulsaban a llevar adelante su proyecto. Sin embargo, sería el encuentro que tuvo con un joven llamado Juan Bautista Montagne lo que hizo cristalizar su sueño y le movió a convertirlo en realidad sin dilación.

La ordenación

El 22 de julio de 1816 Marcelino vio colmada su aspiración de muchos años: Monseñor Dubourg, obispo de Nueva Orleans, le ordenó de sacerdote. Con él compartían el gozo del sacramento recibido otros siete miembros del grupo que ya empezaba a ser conocido con el nombre de Maristas. Al día siguiente de la ordenación, los ocho, acompañados de cuatro seminaristas, peregrinaban a Fourvière. La basílica que se alza hoy en ese lugar no existía entonces. Ellos acudieron al santuario de la Virgen Negra, una pequeña capilla que quedó luego anexionada a la edificación posterior. Juan Claudio Courveille ofició la misa para el grupo. Seguidamente, los doce renovaron sus promesas y consagraron sus vidas a la Virgen María.

El proyecto original de aquellos hombres contemplaba una Sociedad, no varias. Las diversas ramas componentes habrían de subordinarse a la unidad del conjunto. Al hacer sus promesas en Fourvière, los primeros maristas sabían que se estaban comprometiendo a futuras misiones. Por el momento, seguían sujetos a la autoridad eclesiástica que envió a los recién ordenados a diversos destinos repartidos a lo largo y ancho de la extensa diócesis de Lyon. Y de esta manera tenemos a Marcelino trasladándose a la aldea de La Valla, situada en las obscuras estribaciones de los montes del Pilat. Allí comenzó su labor sacerdotal, el 13 de agosto de 1816, dos días antes de la fiesta de la Asunción.

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