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 Un corazón sin fronteras I

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MensajeTema: Un corazón sin fronteras I   Jue Jul 24, 2008 1:17 pm

Capítulo I

El origen

Una guerra, un hombre y tres mujeres contribuyeron a modelar su carácter. Marcelino Champagnat nació el 20 de mayo de 1789, en la aldea francesa de Rosey, en una familia en la que él habría de ocupar el noveno lugar entre diez hermanos. A las pocas semanas estallaba una revolución en el país. Hacia la mitad de julio los insurgentes se apoderaban de la Bastilla, la famosa prisión de París. La liberación de sus siete presos, siendo de suyo poco más que simbólica, hizo entrever al pueblo francés de finales del siglo XVIII que su mundo estaba empezando a cambiar.

Juan Bautista Champagnat, padre del futuro santo, era un labrador acomodado que tenía formación. En un primer momento, fue uno de los que se adhirieron a la insurrección de 1789, tanto por sus propios ideales como por lo que esperaba ganar si las cosas salían adelante. Pasado el tiempo, sin embargo, parece que aquel primer ardor a favor del movimiento se le había ido enfriando, y ahora rechazaba los excesos cometidos, entre los que había que enumerar la decapitación del rey, la implacable política de llamamiento a filas, la orden de búsqueda y captura de sacerdotes y soldados fugitivos.

A lo largo del período revolucionario, el padre de Marcelino desempeñó varias funciones importantes de gobierno en la localidad de Marlhes, distinguiéndose por su moderación, paciencia y tacto político: allí no ejecutaron a nadie, no se llevaron preso a ninguno, no quemaron la iglesia ni la destinaron a otros usos. Juan Bautista era un hombre de reflexión, revolucionario, funcionario del gobierno, comerciante y granjero. Cabría preguntarse: siendo así el padre, ¿qué dones personales heredaría su hijo? El discernimiento, la compasión hacia los demás, diplomacia, pericia para administrar los bienes, la habilidad práctica de un trabajador.

¿Y qué decir de las mujeres que influyeron en Marcelino? María Teresa Chirat, su madre, fue la primera. Persona prudente y de temple decidido, se casó con Juan Bautista en 1775. Caracterizada por “una total integridad, fe inquebrantable y amor al trabajo”, esta mujer inició a su hijo en las prácticas de oración y encendió en él la primera llama de vocación.

Luisa Champagnat fue la segunda mujer que tuvo parte en la educación de Marcelino. Religiosa de las Hermanas de San José, y hermana a su vez de Juan Bautista, fue exclaustrada del convento por el nuevo gobierno, y se mantuvo fiel a su vida de consagrada en el seno de la familia durante el período en que arreció la agitación revolucionaria. Luisa se hizo cargo de la formación religiosa del niño; probablemente fue ella la primera que le inspiró el modelo de espiritualidad en el que la vida de oración se funde con la actitud de servicio a los demás.

Luego estaba María, la Madre de Jesús. Aunque fue un encuentro posterior en la vida de Marcelino, sin embargo se convirtió al final en la más influyente. La devoción a la Virgen formaba parte del rico patrimonio espiritual de las diócesis locales de Lyon y el Puy. Más adelante, Marcelino la colocaría en el centro de la comunidad de hermanos que fundó. Acorde con la espiritualidad de su tiempo y particularmente de la región que rodea Marlhes, Ella llegó a ser para él la “Buena Madre” y el “Recurso Ordinario”.

Por tanto, una guerra, un hombre y tres mujeres estuvieron en el comienzo de todo. Tomando estos hechos como punto de partida, vamos a responder a la pregunta que nos hacíamos al principio: ¿quién era Marcelino Champagnat? Como antes decíamos, sabemos que fue el fundador de los Hermanitos de María o, lo que es lo mismo, Hermanos Maristas. Era también un ciudadano francés de finales del siglo XVIII y principios del XIX, hombre perteneciente a su época con todas las virtudes y limitaciones que esa descripción implica. Pero ¿quién era él, en profundidad, y qué mensaje recibimos de su vida y misión para nosotros hoy? Una mirada a alguno de los acontecimientos, elementos y personas que acompañaron sus primeros años, nos puede ayudar a encontrar respuestas a estas preguntas.

En el principio

Marcelino Champagnat fue bautizado al día siguiente de nacer, el jueves de la Ascensión de 1789. Vivió hasta los 51 años, en medio de dos revoluciones acaecidas en Francia. Una en 1789, otra unos cuarenta años más tarde. A lo largo de ese período se sucedieron diversos gobiernos revolucionarios, el directorio de Napoleón, la restauración borbónica, la revuelta de 1830, el reinado de la Casa de Orleans, y la sublevación de 1834 en Lyon.

También tuvieron lugar otras agitaciones sociales, quizá menos noticiables al principio, pero igual de dramáticas en su alcance y desestabilizadoras en el resultado. La Revolución Industrial, por ejemplo, se fraguó después de 1830 y transformó el mundo del trabajo, trayendo consigo la explotación de los proletarios y un cambio radical en su forma de vida.

Otros factores

El entorno también modeló a Marcelino. Al crecer en una región agreste, conocida como el Macizo Central, sus ojos estaban acostumbrados a las praderas, los arroyos tranquilos y los bosques de pinos. Pero la naturaleza es caprichosa en esta parte de Francia; a veces, puede incluso ser peligrosa. Los inviernos crudos hacen resistentes a sus habitantes. El medio natal ayudó a Marcelino a desarrollar las virtudes de tenacidad, capacidad de adaptación y fortaleza.

Educación primaria

La enseñanza salió malparada en las manos de la revolución. El clima de agitación interna y guerras en el exterior que se había vivido durante más de veinte años, había contribuido poco a estabilizar el proceso de enseñanza-aprendizaje dentro del esquema general de las cosas.

Marcelino asistió a la escuela poco tiempo. No consiguió demostrar mucha capacidad para el estudio formal. Tampoco se sentía muy motivado al ver el trato brutal que los maestros infligían a sus discípulos. A la edad de once años prefirió el trabajo de la granja al mundo de los libros. Más tarde, al ingresar en el seminario a la edad de dieciséis, llevó consigo esta carencia de formación. Deficiencia que sería una cruz para él a lo largo de toda su vida.

La llamada al sacerdocio

Tras la revolución, el poder de la Iglesia Católica había quedado notablemente disminuido. Napoleón Bonaparte le dio mayor libertad, pero por otras razones, planeaba utilizar a la Iglesia como pilar de su régimen.

En 1803, el cardenal José Fesch, tío de Napoleón, se hizo cargo de la archidiócesis de Lyon. Al ver el estado deplorable en que se encontraban sus sacerdotes a causa de los estragos de la revolución de 1789, se propuso con energía renovar la fuerza interna del clero. Un aspecto del plan consistía en levantar nuevos seminarios menores. Para llenarlos de candidatos, el prelado animó a los formadores diocesanos a dedicar parte de sus vacaciones al reclutamiento de vocaciones.

Siguiendo esa llamada, en 1803 llegó un sacerdote a Marlhes con la intención de buscar jóvenes que quisieran ingresar en el seminario. El señor Allirot, párroco local, confesó que él no veía a nadie que le pareciera adecuado. Sin embargo, después de pensarlo unos instantes, sugirió al visitante que, tal vez, valdría la pena intentarlo en la familia Champagnat.

Entre los hermanos varones que vivían en la casa paterna, sólo Marcelino mostró algún interés ante la propuesta de prepararse para el sacerdocio. De todos modos, el joven era prácticamente iletrado. Podía expresarse bien en el dialecto regional del entorno de Marlhes, pero tenía serios problemas con la lectura y escritura del francés, y esto era un obligado requisito previo para abordar el estudio del latín y otras materias.

Preparación para el seminario

Una vez que hubo tomado la decisión de iniciar el camino del sacerdocio, Marcelino se propuso finalmente adquirir la debida formación. Con esta intención se procuró la ayuda de Benito Arnaud, esposo de su hermana María Ana. Su cuñado, que antaño había sido seminarista y ahora ejercía de maestro, gozaba de consideración como hombre culto, estimado e influyente. Marcelino se trasladó a la ciudad de Saint Sauveur, a vivir en la casa de su hermana por espacio de algunos meses en el transcurso de los años 1803, 1804 y 1805.

Los progresos, sin embargo, eran lentos, y el joven no parecía prometer gran cosa. Hasta que un buen día el maestro le aconsejó formalmente que dejara los estudios y dedicase su vida a otros menesteres.

Por si esto no fuera poco, la muerte repentina de su padre, acaecida en 1804, vino a sumarse a los contratiempos sufridos por el muchacho. Teniendo que soportar la frustración en los estudios, y ahora el fallecimiento del padre, seguramente pensó en regresar a casa para ayudar a llevar adelante la granja familiar. Sin embargo, por alguna razón, se afirmó en la idea de continuar estudiando. Tal vez los ánimos que le daba su madre le mantenían en esa decisión. El hermano Juan Bautista, su primer biógrafo, nos dice que en aquella época Marcelino se acercó a los sacramentos con más frecuencia, dedicó más tiempo a la oración y puso sus intenciones en manos de la Virgen.

Importante influencia formativa

Durante los meses transcurridos en Saint Sauveur, Marcelino tuvo la fortuna de poder brindar su ayuda al joven párroco de la localidad, Juan Bautista Soutrenon. Este sacerdote vivía pobremente, y era extraordinariamente sensible a las necesidades de sus feligreses. Hablaba con ellos en el dialecto de la región, por ejemplo, y no dudaba en arremangarse la sotana para echarles una mano en los trabajos de la labranza.

Soutrenon gozaba también de predicamento entre los niños y los jóvenes de la parroquia. No es extraño que, años más tarde, Marcelino modelara su carácter de sacerdote siguiendo los pasos de este cura joven tan ferviente y entusiasta. El señor Soutrenon le inspiró mucho, y al volver de Saint Sauveur, el muchacho estaba más determinado que nunca a ingresar en el seminario.

Peregrinar en busca de ayuda

A pesar de los informes pesimistas de su cuñado acerca de sus capacidades, Marcelino se sentía atraído hacia el sacerdocio con fuerza. Esta idea le absorbía. Sensible a las preocupaciones de su hijo, María Teresa sugirió realizar una peregrinación a la tumba de San Franciso Regis, en La Louvesc.

Al regreso de aquella peregrinación y a pesar de la tenaz oposición de su cuñado, Marcelino comunicó a la familia su decisión de entrar en el seminario menor. Estaba convencido de que eso era lo que Dios le pedía y nadie iba a detenerlo.

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