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 Programas de educación no formal

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MensajeTema: Programas de educación no formal   Jue Jul 24, 2008 8:13 am

Mediante programas de educación no formal

190. Trabajamos con grupos de jóvenes que viven en situaciones de marginación o en áreas desatendidas y cuyas necesidades no están siendo cubiertas por estructuras educativas formales. Junto con ellos y con las agrupaciones locales, con las instancias oficiales y organizaciones no gubernamentales, estudiamos su situación e intentamos detectar sus necesidades reales y ofrecer posibles respuestas. A través de nuestro contacto con esos grupos externos, nos aseguramos de que nuestra intervención es parte de un proyecto comunitario integrado.

191. Los programas que emprendemos pueden ser a corto o largo plazo. Por ejemplo, alfabetización, clases de apoyo, enseñanza de la lengua para inmigrantes, desarrollo personal, educación para la salud, control de las adicciones, relaciones humanas, jardín de infancia, talleres de temática social y cultural, desarrollo comunitario, orientación profesional, expresión artística y formación de responsables.

192. En dichos programas educamos para la vida. Intentamos mejorar el bienestar de los individuos y la calidad de vida de toda la comunidad. A través de esas acciones llegamos también a una relación con los jóvenes en el plano de la fe y promovemos la solidaridad entre ellos y con los demás.

193. Para trabajar en esos ambientes tenemos que ser personas con iniciativa, esperanzados y perseverantes a pesar de los fracasos, sin esperar resultados inmediatos, y capaces de animar a otros a unirse a nuestro proyecto. Con frecuencia eso significa que tenemos que valernos con pocos recursos. Pero es preciso que seamos buenos comunicadores, competentes en lo que emprendemos y capaces de trabajar en equipo e incluso de coordinarlo.

194. Conociendo los retos que supone trabajar en grupos reducidos, como puede ser el caso en las tareas aludidas, nos comprometemos a construir un sólido espíritu de familia que nos ayude, y que influya de forma positiva en los niños y jóvenes a los que servimos. Hacemos nuestras “las alegrías y esperanzas, las penas y las angustias” de los jóvenes y sus familias. Podemos incluso optar por vivir entre ellos, compartiendo su vida de manera más real, como testimonio de nuestro compromiso personal.

A través de programas sociales

195. Para algunos jóvenes, especialmente para los que están “en situación de riesgo” o viven en las fronteras de la sociedad, nuestra labor de acercamiento debe tener un carácter social más acentuado que en las circunstancias antes descritas. Junto con ellos y sus familias elaboramos programas y proyectos adecuados, y siempre que sea posible lo hacemos en colaboración con otros grupos y programas gubernamentales.

196. Los servicios que ofrecemos incluyen hogares para “niños de la calle”, instituciones para la protección de menores y huérfanos, centros de acogida para jóvenes con situaciones familiares críticas, centros de ayuda para familias desestructuradas, proyectos para discapacitados, servicios para grupos étnicos minoritarios, inmigrantes y refugiados; centros y programas de rehabilitación para jóvenes drogadictos y enfermos de sida; y programas de apoyo a jóvenes presos, excarcelados o que tienen problemas con la ley.

197. Tomamos medidas para responder a las necesidades físicas y materiales más inmediatas de esos jóvenes a través de acciones preventivas y de ayuda directa. Tratamos, sin embargo, de ir más allá complementando este tipo de acción con estrategias educativas adecuadas que les capaciten para salir adelante valiéndose de ellos mismos.

198. Debido a las experiencias negativas que a menudo han vivido, ponemos empeño especial en crear un ambiente estable en el que se sientan respetados, valorados y queridos. Intentamos que adquieran confianza y autoestima mediante asesoramiento, programas de desarrollo personal, y con pequeños proyectos que ellos puedan llevar a cabo.

199. Ayudamos a los jóvenes a conseguir las destrezas y aptitudes que necesitan para integrarse mejor en la sociedad. Creamos situaciones en las que convivan y trabajen juntos y en las que deban enfrentarse a las consecuencias de sus actos. De esta manera, les educamos en aspectos de libertad personal, en el grado de dependencia que pueden tener de los compañeros y la necesidad de asumir sus propias responsabilidades en la vida.

200. Un aspecto importante de la integración social de los jóvenes “en situación de riesgo” es su relación con la familia. Estamos atentos a las necesidades de la familia en conjunto, tratando de caminar hacia la reintegración donde sea posible, y la reconciliación donde sea necesaria.

201. Evaluamos regularmente los resultados de nuestra pastoral, buscando siempre los mejores medios para que los jóvenes alcancen una mayor autonomía personal. Reconocemos nuestras limitaciones en el trato con jóvenes que se hallan en crisis y les procuramos el apoyo que necesitan por medio de ayuda profesional externa.

202. Atendemos sus necesidades espirituales para que se abran a la fe, a la esperanza y al amor, y les hablamos de la preferencia que Dios tiene por los más pobres y abandonados. Favorecemos el cambio interior que viene de la experiencia de este amor incondicional y de la propia aceptación y autoestima.

203. Contribuimos a la formación de la conciencia social de los jóvenes ayudándoles a descubrir las situaciones a menudo deshumanizantes en las que viven y moviéndoles a tomar parte en la transformación de sus propias circunstancias y a trabajar por el desarrollo de la comunidad. Los educamos para que aprendan a solucionar los conflictos de manera no violenta. Les ayudamos a analizar el contexto social, político y cultural, y les enseñamos elementos de doctrina social de la Iglesia.

204. Junto con otras personas e instituciones, aceptamos el papel de abogar por los jóvenes que son víctimas o cuyo bienestar y derechos se encuentran dañados de alguna forma. Esto nos lleva a participar activamente en la consecución de una mayor justicia social. Comunicamos a la Comunidad Provincial nuestras experiencias y preocupaciones, con el fin de que se pueda ofrecer un apoyo colectivo allí donde se estime necesario.

205. Antes de emprender nuestra labor con niños y jóvenes “en situación de riesgo” o que viven en las fronteras de la sociedad, nos preparamos personal, profesional y pastoralmente. Igualmente, nos ponemos al día en estas cuestiones en períodos regulares, acudiendo a programas adaptados de formación permanente dirigidos a animadores juveniles.

206. Una tarea así exige de nosotros autenticidad, equilibrio y madurez, y nos lleva a un estilo de vida todavía más sencillo. Somos conscientes de que en muchas ocasiones nuestro esfuerzo no se verá recompensado por resultados inmediatos, ni tendrá reconocimiento oficial. Esa realidad inspira nuestra espiritualidad personal, basada en la convicción de que estamos haciendo la obra del Señor, con la esperanza puesta en lo que Él tiene prometido a los que trabajan “en su nombre”. Una espiritualidad de la Cruz y de la Resurrección en la que se reflejan las historias de sufrimiento que estos jóvenes viven y comparten con nosotros.

207. Trabajar con jóvenes cuyas vidas están marcadas por la extrema pobreza, el abuso, experiencias traumáticas como la violencia, la guerra, o la desintegración familiar, puede causar un impacto en nuestro equilibrio personal. Esa dedicación puede hacer brotar en nosotros potencialidades humanas que de otra forma nunca llegaríamos a conocer. Pero también puede afectarnos física, psicológica o espiritualmente. Hemos de estar atentos a esta posible influencia, por nuestro propio bien y por la tarea profesional y apostólica que debemos seguir llevando adelante.

208. Somos conscientes de nuestras limitaciones personales y de lo que podemos hacer. Analizamos nuestras reacciones y compartimos nuestras experiencias con otros compañeros. En determinadas circunstancias buscamos asesoría profesional y consejo personal para nosotros mismos. De vez en cuando, hacemos una pausa en nuestro trabajo y reservamos momentos para atender nuestras necesidades espirituales, y para cambiar de ambiente, en compañía de otros a quienes sentimos cercanos.

Trabajadores del Reino

209. Asumimos las circunstancias más difíciles de nuestra cultura y nuestra época, tal y como se reflejan con tanta crudeza en las vidas de los jóvenes marginados y sin esperanza que encontramos en nuestra misión. A través de nuestra presencia esperanzada y atenta, aunque ello pueda costarnos, y a través de nuestra voz en la Iglesia y en la sociedad, intentamos acercar el mundo al Reino de Dios, en el que todos han de tener la oportunidad de vivir una vida con dignidad.

210. Nuestra vocación como educadores en estas labores pastorales y sociales es una llamada a ser profetas en el mundo actual, especialmente en el mundo de “los pequeños”, de aquellos que se encuentran al margen de la sociedad. Tratamos de ser para ellos una luz que les guíe hacia la Luz, Jesucristo.


Miramos hacia el futuro con audacia y

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